Apóstol de Jesucristo Naasón Joaquín instruye a sus ministros

(Coordinación de Crónica Apostólica, domingo 4 de noviembre de 2018).- Después de su presentación en el Centro de Convenciones Anitas, en Ciudad Juárez, Chihuahua, el Apóstol de Jesucristo acudió a la iglesia de la colonia Mariano Escobedo, para compartir el pan y la sal con sus amigos –como él llama a sus pastores-, y ahí, no sólo recapituló la importancia del tema que expuso para fortalecer la anhelada esperanza de la Iglesia universal, sino que continuó instruyéndolos respecto a la atención que le merecen a la amada Iglesia del Señor, que a la vez sabe corresponder el cuidado espiritual que le otorgan, razón por la que se esmeran en atenderlos, porque además reconocen que los envía un Apóstol.

Como ejemplo de ello diversas iglesias de Ciudad Juárez tuvieron la bendición de ofrecer los alimentos al Siervo de Dios y a sus invitados; entre ellas las colonias: Francisco Villa, Independencia II e Insurgentes. Al llegar el Varón de Dios y tomar su asiento, su primera instrucción a sus discípulos que ya habían sido previamente acomodados en el lugar correspondiente, fue una orden imperante: “Es necesario que los ministros hablen de este tema en sus iglesias”.

Sobre la conversación fue destacando otros pormenores de la bendita esperanza que tiene el pueblo de Dios; para profundizar en ello explicó que cuando el hombre terreno; es decir, este cuerpo-materia se va acercando a su fin, entra en un proceso de angustia permanente; sin embargo, para el espíritu que está dentro del hombre es todo lo contrario, ya que este se va llenando de gozo. El hermano Naasón explicó que esta diferencia obedece a que el pago de cada uno es distinto, pues mientras el cuerpo se acerca a su fin para volver al polvo de la tierra, el espíritu se aproxima a recibir la vida eterna.

Reiteró que, esa es la razón por la que algunos hermanos en su fe anhelan partir y llega un momento en que desean como dijo el Apóstol Pablo, ˂ dejar este cuerpo y estar con Cristo lo cual es muchísimo mejor˃ (V. Filipenses 1:23) no porque deseen la muerte, sino porque su fe les permite vislumbrar el galardón que les espera, porque aunque el Apóstol de los gentiles decía que ˂ahora vemos por espejo, oscuramente˃ (V. 1ª Corintios 13:12) porque el cuerpo es un velo que no permite al alma ver claramente las cosas espirituales; sin embargo, “lo que vemos en el espejo aún borroso, es suficiente para creer” –aseguró el Enviado de Dios.

En el mismo sentido dijo el Apóstol que, en virtud de la fe que poseen los Hijos de Dios y que le permite ver más de cerca la promesa de la vida eterna, cuando se va acercando al fin de sus días sobre la tierra, la preocupación de los padres es que sus hijos no se vayan a apartar de la Iglesia del Señor, porque sabe que si su familia conserva la fe, los volverá a ver en el reino de los cielos; ya no como hijos o como padres, sino como hermanos en Cristo, porque en el cielo seremos como ángeles de Dios (Véase Mateo 22:30).

Mientras abría una ventana a la fe de los creyentes en Cristo, aclaró el Apóstol contemporáneo, que si alguien se pregunta: Pero, ¿cómo se van a conocer, si van a ser espíritus ya sin cuerpo? Entonces aclaró que, al igual que Juan “El Teólogo” conoció a Cristo en la visión del cielo, donde ya no era el Cristo que había conocido en la tierra, sino que ahora, a falta de mejores palabras, describía su aspecto semejante al sol y sus pies como el bronce bruñido y su voz como el estruendo de las muchas aguas (Véase Apocalipsis 1:14-16). Así de la misma manera se reconocerán las almas de todos aquellos que hayan entrado a la vida eterna, porque la anhelaron y se esforzaron para obtenerla.

Tal fue el caso de una hermana que mencionó antes de concluir su enseñanza de esa tarde, de quien testificó el Siervo de Dios, que ella estando grave de una enfermedad, uno de sus hijos se registró para ser enviado a la obra en Los Batallones de misioneros que él está enviando a todo el mundo y cuando la familia del joven supo que había decidido ir a la obra, se molestaron con él y lo querían hacer desistir; pero fue la madre agonizante la que no permitió que lo hicieran, aclarando a sus demás hijos que la decisión que su hermano había tomado era la mejor, porque si él dejaba la obra, ella partiría de este mundo con la zozobra de no saber qué será de su hijo, pero si el permanece fiel a Dios, ella estaba segura de que un día lo volvería a ver, allá en los cielos en la vida eterna.

Finalmente concluyó el Maestro de esta Nueva Era “este espíritu que le da vida al cuerpo, es el mismo que le dará vida al otro cuerpo de gloria”. Absortos en sus sabias palabras los ministros agradecieron al Apóstol su valioso tiempo y sus profundas enseñanzas impartidas esa tarde y le aseguraron con gran respeto y acatamiento, que las transmitirán al pueblo del Señor, donde cada uno de ellos se encuentra.

Al salir del comedor y dirigirse a su casa en la colonia Mariano Escobedo, una mujer que había estado en su presentación en la mañana en el Centro de Convenciones, le esperaba en la banqueta afuera de su casa y cuando lo vio acercarse le gritó con su rostro empapado en lágrimas que le permitiera unas palabras; el Varón de Dios bajo las escaleras del exterior de su casa y él mismo abrió la reja, cuando estuvo frente a la mujer, ésta lo abrazó y le dijo: “tengo cuatro años en Ciudad Juárez y visito la iglesia pero hoy usted confortó mi corazón, estoy a punto de entrar de ustedes, muchas gracias” el Hombre de Dios le correspondió exhortándola a ser constante a las oraciones y le dijo que espera que pronto sea parte activa de la Iglesia del Señor; la mujer llorando se despidió de él diciendo que así será y que solo le permitiera darle un abrazo. El Apóstol de Dios la abrazó y la mujer se estremeció ante las miradas de todos aquellos que en ese momento también aguardaban la salida del Apóstol para saludarle.

Estos son los hechos que pasan en las visitas apostólicas a las iglesias.