«Servir al Dios verdadero, privilegio único; prosperidad y bendiciones, si trabajamos por Él»

Consejo apostólico a los Batallones Espirituales y al Cuerpo Ministerial

(Coordinación de Crónica Apostólica) — El lunes 14 de enero, el Apóstol de Jesucristo, Naasón Joaquín García, elevó su plegaria matutina en el templo de la colonia Hermosa Provincia, en Guadalajara.

El reloj marcaba las 4:26 de la mañana cuando salió de su casa con dirección al templo. Algunos de sus colaboradores —cuatro pastores, diez diáconos y ocho encargados—, quienes con antelación lo esperaban, lo acompañaron en su cita al recinto sagrado. En la Glorieta Central se encontraba un grupo de hermanos quienes, durante el trayecto del Apóstol, lo saludaron con particular regocijo.

En el interior del templo, el Apóstol de Jesucristo elevó su oración mientras el Coro local entonaba las siguientes alabanzas: «Tengo un padre en la fe», «A solas al huerto yo voy», y «Tuyo soy Jesús». Los ministros, juntamente con la iglesia congregada, doblaron sus rodillas y se unieron a la oración del justo. Al término de su plegaria, el Siervo de Dios saludó a los integrantes del Coro, quienes portaban un impecable uniforme lila y gris Oxford.

En la puerta de su casa, el Apóstol Naasón Joaquín, inició su cátedra espiritual con sus colaboradores. En primer lugar, mencionó lo grandioso que es experimentar el amor de Dios: «Estaba orando, y me acordé de aquella mujer que fue acusada por adulterio (v. Juan 8:1-11), y le dije al Señor: ‘Cuántos, en su forma de vida, vienen cada mañana y buscan tu rostro con vergüenza, dolor y lágrimas, porque saben que te ofendieron’».

 

Servimos al verdadero Dios: al que sana y salva las almas sedientas

Destacó que hay hermanos —y hermanas— que se acercan a la Casa de Oración con su cabeza agachada, la cual no se atreven a levantar, y al ingresar al templo se hincan y comienzan a llorar, lo que manifiesta que traen una grande necesidad o una aflicción que los oprime. Ante tal realidad, el Apóstol de Jesucristo expresó: «En mi oración le dije al Señor: ‘Si tus hijos supieran que no están ante los fariseos que los van a juzgar mal, que no están ante los escribas ni los falsos maestros que los van a apedrear… ¡Si supieran que están ante el verdadero Dios, el verdadero amor y la verdadera misericordia!… Están delante de aquel que les dice: ‘No quiero tu muerte’, solo basta con que el hermano venga con un corazón arrepentido y con el firme deseo de cambiar su forma de proceder, y entonces el Señor dirá: ‘No me acordaré de lo que me hiciste. Me basta con que vengas con un corazón contrito y humillado’».

Y asentó: «Nuestro Dios es aparcero?, no, en ninguna manera. ¡Es un Dios amoroso! Un Dios que el mundo no conoce… El hombre natural no entiende— ni entenderá— el verdadero propósito de Dios para con la humanidad. ¡Dios es justo, amoroso y misericordioso! La existencia de nosotros —el ser humano— es la prueba más grande que pueda existir de su amor y misericordia… Si fuera por nuestras obras, nosotros, la humanidad en su conjunto, ya no deberíamos de estar con vida. Sin embargo, ¡somos la primera muestra de amor y de misericordia de Dios!

«Por lo anterior, Dios no es aparcero… Aparceros, el fariseo, el escriba y todo aquel que vive haciendo lo malo y juzga las acciones de otros, pero él mismo se protege y se escuda con la conducta de los demás… Ese es aparcero, porque al juzgar a su prójimo él se cubre, creyendo que la conducta mala de su prójimo lo justifica. ¡Estamos ante un Dios Vivo y misericordioso! Tan fácil es entender su amor y su misericordia. ¿Por qué es así?, porque somos sus hijos. Quien es padre conoce lo que es el amor por un hijo. Un padre no le da una oportunidad a su hijo: le da muchas oportunidades».

 

Dios es el perfecto amor: un Dios amoroso, misericordioso, bondadoso y compasivo

En este tenor, mencionó el amor de una madre que, aun cuando su hijo está en la cárcel por un delito cometido, para ella su hijo es bueno y espera con seguridad un cambio positivo en él. Enseguida, afirmó: «Así es nuestro Dios, que ve en nosotros a sus hijos. Y si el padre sabe compadecerse de sus hijos, pues no le dará una piedra a su hijo cuando este le pide un pan (v. Lucas 11: 11-13); Dios, que es el perfecto amor, la perfecta misericordia y la perfecta bondad, ¡cuánto más!

«En mi oración expresé: ‘Señor: tus hijos te buscan temprano, y lo hacen con un propósito’. Algunos se acercan con alegría y con gozo; otros, porque saben que esta oración es un sacrificio en donde Dios un mayor esfuerzo de su parte, y su oración, como un incienso espiritual, se eleva ante del trono de la gracia. Si supiera que no está delante de un Dios que tiene una piedra en la mano, listo para arrojarla, sino que su oído esta presto a nuestra súplica… Y en el momento en que Él ve nuestra oración de arrepentimiento y nuestra decisión de dejar de hacer lo malo, dice: ‘No me acordaré de ninguno de tus pecados que hayas cometido’.

«Dios es nuestro Padre, y esto significa: un Dios amoroso, misericordioso, bondadoso y compasivo. No fue un Dios malo que desechó a Israel (v. Juan 1:11); al contrario, Israel fue un pueblo que no supo aprovechar a un Dios bondadoso. Y no hablamos de un año, una década o un un siglo, sino que fueron milenios los que Dios estuvo en espera de la reacción del Pueblo. Les perdonó el que apedrearan a sus profetas (v. Lucas 13:34); y a pesar de ello, Dios, en su amor y bondad, envió a su hijo Jesucristo a la tierra, a quien no solo rechazaron, sino que le dieron muerte crucificándolo (v. Juan 3:16).

«Y a pesar de lo anterior, Dios no se olvidó totalmente de ellos: ahora, la bendición que antes les enviaba por gracia y misericordia, será con cuerdas: ‘Porque os digo que desde ahora no me veréis, hasta que digáis: Bendito el que viene en el nombre del Señor’ (Mateo 23:39). Lo que para ellos son cadenas pesadas, que no pueden soportar y entender, para nosotros son cuerdas que nos cayeron en lugares deleitosos, y es hermosa la heredad que nos ha tocado vivir» (v. Salmos 16:6).

 

Cautivos en libertad: siendo esclavos, el Señor nos hizo libres

Y abundó: «Esas cuerdas han sido hermosas. La esclavitud que nos ha tocado, en realidad no es tal: las cuerdas son de libertad. El Señor nos libertó con su inmenso amor: nos salvó de la esclavitud del pecado y de la muerte, y nos hizo esclavos de Él. ¡Si el mundo supiera lo que es ser esclavo de Dios! Es deleite, placer, armonía paz, salud, bienestar, prosperidad… ¡Eso es lo que nosotros hemos vivido!».

Enseguida, el Embajador de Cristo mencionó que a pesar de que el inicio y establecimiento de cada Iglesia es difícil —tribulaciones, carencias, necesidades—, el trabajo de evangelización del ministro, cuando es constante, comienza en breve a dar frutos, y Dios comienza a prosperar a las incipientes congregaciones. Citó el testimonio de los inicios de la Iglesia del Dios Vivo Columna y Apoyo de la Verdad en Europa, el cual le tocó ser testigo en su adolescencia, y a pesar de que el europeo, por lo general, es una persona escéptica a lo religioso, ahora, nativos de los países de ese Continente han abrazado la fe y perseveran en el camino del Señor.

Destacó que el crecimiento y prosperidad en la Iglesia es en todos los sentidos: el material y el espiritual. Y añadió: «La nuestra, es una esclavitud que nos deleita, nos causa placer y alegría y nos da prosperidad, que nos lleva de triunfo en triunfo y en aumento en aumento en todos los aspectos… Es una esclavitud incomprensible para la razón. Una esclavitud libre».

En ese momento, el hermano P.D. Ramiro Hernández citó la segunda estrofa del himno n. 265, «Hermoso amor que me salvó»: «En una cruz mi Salvador vino a morir, por un perdido como yo sangre vertió. Por ese amor que en mí mostró, ¡gloria al Señor! Soy un cautivo en libertad por su amor».

 

Por voluntad propia, el cristiano le sirve a Dios

Enseguida, el Siervo de Dios retomó la citada estrofa y la comentó: «Siendo esclavos, el Señor nos hizo libres. Las cuerdas, cuando se encuentran mojadas, son más pesadas. Sin embargo, cuando alguien se está ahogando en un río, arrastrado por su caudalosa corriente, esas cuerdas flotan en el agua. Y cuando aquel perdido se toma de ellas y se aferra a no soltarse (en ese momento dejan de ser pesadas), y finalmente es rescatado con vida del inminente peligro de muerte.

«Ahora, por voluntad propia, servimos a Dios y hacemos su voluntad. Buscamos por lo menos una vez al día venir a su templo a agradecerle, adorarle y alabarle por todo lo que nos da. A darle gracias por todo lo bueno que nos pasa; y a pedirle de su ayuda, si en algo nos va mal: enfermedad, tribulación, angustia… Y, de acuerdo con su respuesta, estar conforme con su voluntad: ‘Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados’» (Romanos 8:28).

En contraste con lo anterior, recordó que, ante la tribulación, angustia o enfermedad, quienes no tienen la fe de Dios tienden a culpar al Señor por dicha adversidad: «Dios: ¿dónde estás?, ¿por qué te alejas de nosotros?». Sin embargo, entre los hijos de Dios es distinto el pensamiento: «A diferencia del mundo, nosotros nos acercamos a Dios con un reconocimiento sincero. Si a veces Él permite que el enemigo nos tiente, es con el fin de de probar nuestra fe (v. 1 Pedro 1:7), pero aún en esa prueba, el hermano no está enseñado a reclamarle a Dios: si el Señor recoge a su padre o a un hijo, el hermano dice: ‘Señor, si esa fue tu voluntad la acepto. Sé que mi carne sentirá la partida por un lapso de tiempo, pero mi espíritu sabe que un día me voy a reencontrar con él por toda la eternidad», asentó el insigne maestro.

 

Servir al Dios verdadero, privilegio exclusivo de la Iglesia de Jesucristo

Y añadió: «Nosotros no estamos enseñados a reclamarle al Señor. Luego de darle la gloria, alabanza y la adoración a Dios, el hermano, en su angustia, dolor o enfermedad, le clama en oración a su Padre celestial : ‘Señor: ayúdame. Estoy pasando por esta angustia y tribulación. Socórreme. Sácame de esta aflicción’, y al instante sentimos la confortación. Lo primero que Él hace, es calmar nuestra ansiedad y darle a nuestra alma tranquilidad, porque nuestra confianza la hemos depositado en Él.

En relación con lo anterior, abundó: «En primer lugar, envía a su Ángel para consolarnos. A pesar de la adversidad, cuando experimentamos su bendición nos sentimos contentos y confortados. Y cuando viene la respuesta de Dios, ya no venimos a la Casa de Oración a suplicarle; venimos a darle la gloria por su bondad y benevolencias: ‘Gracias, Señor. Ya me siento mejor. Quitaste mi tristeza y angustia, y por eso vengo a darte la gloria y la alabanza. Vengo a adorarte con mayor reconocimiento, con toda mi gratitud y amor’.

«¡Si el mundo supiera el significado de ser esclavo de Cristo!… pero el hombre interpreta la esclavitud desde otra óptica: desde el pensamiento humano: “Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente» (1 Corintios 2.14).

«Al hablar que vivimos en una esclavitud —‘siervo’, es una de las acepciones etimológicas de este concepto—, el hombre no lo entiende. Lo traduce literalmente confunde lo espiritual con lo material. Sin embargo, nosotros sabemos discernir… Lo material tiene un término, es caduco, no tiene solución. En cambio, en lo espiritual siempre hay solución y tiene un buen fin, porque la solución y el buen fin es nuestro Dios.

«En mi oración de esta mañana, así pedí: ‘Señor, vengo ante ti por que me dejaste conocerte, y al contemplarte con los ojos que hoy me permites verte, entiendo por qué tu Pueblo se acerca a ti con lágrimas, no de desesperación, pero sí a veces con lágrimas de tristeza y angustia; pero ellos claman al que salva y sana a las almas sedientas, y de Él reciben siempre una respuesta. Esta hermosa enseñanza es necesaria que nosotros la instruyamos a nuestro Pueblo, a nuestras Iglesias.

«Qué privilegio exclusivo es poder servir al Dios verdadero… A ese Dios que el mundo no conoce y lo busca a través de imágenes, astros o animales. A ese Dios al que el ser humano no puede ver, es el que sentimos día a día. ¡Vive y está con nosotros por medio de su Espíritu Santo, por el cual nos engendró. Y hay una prueba de que Dios vive en ti: ‘Vives en mí porque te he sentido; porque tú me engendraste con el sello de tu Espíritu Santo para que vinieras a morar en mi ser y experimentar que tú moras en mí’».

En relación con lo anterior, pidió a sus colaboradores que transmitan esta enseñanza de seguridad y confianza a la Iglesia, con el objetivo de que sea edificada en esta verdad. Y añadió: «Somos un Pueblo privilegiado, somos un Pueblo único, somos un Pueblo especial, somos un Pueblo Bienaventurado. Este consejo repítanlo en sus Iglesias… No juzgo al Pueblo de Israel ni digo que sea un pueblo malo, pero la misma Palabra de Dios da cuenta de su situación actual. Sin embargo, Dios permitió que, a través de un bosquejo, el testimonio de Israel permaneciera para nuestra enseñanza: ‘Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos’» (1 Corintios 10:11).

 

«Donde hay fe, hay obras, y donde hay obras hay crecimiento, y donde hay crecimiento hay prosperidad»: consejo a los batallones espirituales

En otro momento, el hermano P.E. Rogelio Rojas, pastor distrital en Costa Rica, dio testimonio del resultado del trabajo de los batallones espirituales en el país centroamericano —el pasado domingo 13 de enero, en bautismos generales celebrados en el Cantón de Alajuelita, los batallones de Ciudad Colón y Santa María de Dota, llevaron candidatos al bautismo, quienes echaron mano a la vida eterna almas—.

En este tenor, el Apóstol de Jesucristo dio una indicación al respecto a los pastores presentes —hermanos P.E. Rogelio Rojas, P.D. Ramiro Hernández, P.E. Israel Tirado, P.E. y P.E. Roberto Montiel—, extensiva al Cuerpo Ministerial en su conjunto: «Hay que enseñarle a los batallones espirituales la siguiente enseñanza: ‘Donde hay palabra de Dios nace la fe, y donde hay fe hay obras, y donde hay obras hay crecimiento, y donde hay crecimiento hay prosperidad’. Luego entonces, no puede haber crecimiento si no hay trabajo. La Iglesia no crece solamente ‘cuidándola’; la Iglesia crece trabajando. Por ello, vuelvo a reiterar: ‘Donde hay fe hay obras, y donde hay obras hay crecimiento, y donde hay crecimiento, hay prosperidad’.

«La anterior, es la línea que Dios establece en su Iglesia. Alguno dirá: ‘Aquí en la Hermosa Provincia llegan las almas solas’, sin embargo, esto no es así. Aquí hay un Grupo de Obreros que también trabaja; hay estaciones de radio que un público numeroso sintoniza y de entre los oyentes vienen a conocer la Iglesia y algunos terminan bautizándose… Es decir, las almas que visitan la colonia, y particularmente el templo, no vienen por casualidad o por suerte. Hubo un trabajo previo: los visitaron los obreros locales, escucharon la radio, fueron invitados por un familiar o conocido a una Escuela Dominical de visitas… Al final, Dios fue el que hizo la obra en los corazones. Los hermanos que les predicaron, solo dejaron caer la semilla en la buena tierra; otros hermanos la regaron, pero el crecimiento lo da el Señor (v. 1 Corintios 3:6-8). ¿Cuándo ocurrirá esto? Cuando Él quiera. A nosotros, como el buen sembrador, nos corresponde dejar caer la semilla y seguir regando. Dios se encargará de dar el crecimiento y perfeccionar su Obra».

 

«Si trabajas, vas a experimentar la prosperidad»: consejo apostólico al Cuerpo Ministerial

Enseguida, enfocó su consejo a los batallones espirituales, en lo particular, y al Cuerpo Ministerial, en lo general: «Si trabajas vas a experimentar la prosperidad. ¡Prueba a Dios y serás testigo de la prosperidad que te espera! Todos los que han probado a Dios en esta forma, han dicho: ‘¡Hemos tenido bautismos!’. Por el contrario, para quienes no han trabajado es imposible que experimenten la prosperidad prometida, y traten siempre de encontrar justificaciones: ‘Es que en este pueblo no nos hacen caso’… ¿Por qué?, porque no se trabaja.

En este tenor, el Apóstol de Jesucristo citó de nueva cuenta el testimonio de su estadía en España, en el verano de 1983: «Yo estuve en Europa. Trabajé y ví trabajar a los hermanos misioneros. Contemplé la conversión de europeos naturales, y mas que eso, de jóvenes europeos de los cuales la gran mayoría hoy son ministros. Algunos se bautizaron a los 16 años, otros a los 18 y 20 años, donde la naturaleza de la juventud es más impetuosa. Sin embargo, hasta el país donde vivían, por el trabajo de los obreros enviados por un Apóstol de Jesucristo, en esa libertad fueron convertidos a la Iglesia del Señor. Reitero: ¿Cómo ha crecido la Iglesia en aquel Continente?, por medio del trabajo constante». Recordó que hace tres décadas, cuando aún era adolescente, deseaba ser enviado por el Apóstol Samuel Joaquín como misionero a Europa. Sabía que la Obra era difícil, pero él lo asumía como un reto.

Antes de despedirse de sus colaboradores, volvió a insistir sobre el particular: «¿Queremos ver la prosperidad de Dios? Solamente ocupamos trabajar un poco más. Una prueba tangible de la prosperidad de Dios, son las Iglesias establecidas en Europa, Australia, Asia… y en todo el mundo adonde los batallones espirituales han levantado nuevas obras y establecido la Iglesia del Señor. Nada más sale la primer ramita de la semilla germinada, y con ello se anuncia que el crecimiento de la hierba se aproxima. ¿Sentándonos a descansar veremos cómo crece?, no, se debe trabajar: regar aquella planta y de ella saldrá otra ramita, y enseguida otras más. Para ver ese fruto se debe seguir regando. Ya dejaste caer la semilla, pues ahora hay que regarla continuamente y sin descanso.

«Dios les pague por acompañarme. Dios los bendiga. Pasen a la oración». Con estas palabras de despidió de sus ministros. En este momento, dio inicio el primer culto de este día: la oración de cinco de la mañana. La reunión de la iglesia concluirá este día 14 de enero, con la recordación de la Historia de la Iglesia en todo lugar donde tiene presencia la Iglesia del Dios Vivo, en este tiempo de gracia, la época de un Enviado de Dios sobre la faz de la tierra.

Fuente: Coordinación de Crónica Apostólica.