Apóstol Naasón Joaquín cumple su promesa de visitar a sus hijos en Saltillo

(Coordinación de Crónica Apostólica) — El domingo 28 de octubre después de presentarse en el anfiteatro Cintermex en el Parque Fundidora de Monterrey, Nuevo León; el Apóstol de Jesucristo Naasón Joaquín García, tomó la carretera para ir a visitar a sus hijos de Saltillo en el estado de Coahuila, a quienes en la décimo segunda etapa de su Gira Universal que abarcó los estados de Zacatecas, Durango, Coahuila, Sinaloa y San Luis Potosí, no alcanzó a saludar, pero les hizo una promesa, que cuando viniera a Monterrey iría a estar con ellos, y éste domingo, fue el día del feliz cumplimiento.

Cerca de las cuatro de la tarde, la comitiva apostólica llegó a la colonia Buenos Aires, donde un numeroso grupo de hermanos abarrotaba la Casa de oración. El Apóstol, pasó a la Casa pastoral donde fue recibido por el D.E. Job Robles, quien le ofreció un aposento preparado para él, entre tanto iniciaba el Servicio de alabanzas que esa singular tarde ofrecerían al Altísimo los hermanos anfitriones y algunas otras iglesias de la localidad.

El fervor en el interior del templo era incesante, explanada y mezzanine estaban pletóricos, hermanos y niños que no alcanzaron a entrar al santuario, cerraron la calle con el propósito de participar de esta peculiar bendición. A las cinco de la tarde el P.E. Rafael Pérez, procedente de Argentina, dio inicio al Culto de adoración a Dios, con las siguientes palabras impregnadas de emoción espiritual: “Este día quedará gravado en la historia de Saltillo, esté día será inolvidable en sus corazones…” Los domésticos de la fe, enaltecían al Todopoderoso con toda la fuerza de su voz, en oraciones y alabanzas.

Los pastores Gilbert Porras e Isaías Carreón de Costa Rica, Arístides Navarro y Julián Acevedo de la república de El Salvador y Dion Ángel Ruiz de Colombia, acompañados de sus esposas, conformaron el repertorio de alabanzas, en esa tarde impregnada de la felicidad que solo Dios sabe dar a sus hijos. Posteriormente el P.E. Samuel Díaz tomó el ministerio para dar paso a la recordación de la palabra de Dios tomando como referencia la carta paulina a los Filipenses capítulo 1 verso 3: ˂˂Doy gracias a mi Dios siempre que me acuerdo de vosotros, siempre en todas mis oraciones, rogando con gozo por todos vosotros…˃˃ Para avivar aún más el fuego espiritual ante la inminente presencia del Siervo de Dios dijo a los oyentes: “Hoy no es el Apóstol Pablo quien se ha acordado de ti, hoy es el Apóstol de Jesucristo Naasón Joaquín García quien no solo se ha acordado, sino que ha venido hasta aquí a verte…” Por momentos la voz del Pastor se hacía inaudible ante el clamor de júbilo de los presentes.

Cuando la iglesia se encontraba en el clímax espiritual, faltando pocos minutos para dar la siete de la noche, el Embajador del reino de los cielos, hizo su aparición por una puerta lateral que da hacia la Casa pastoral; el grito unánime de la multitud, estalló en el interior del templo y los que se encontraban en el exterior se apretujaron en la puerta principal para ver al Hombre de Dios.

“Me alegra poder estar con vosotros y asistir a este lugar, yo les había dicho que cuando viniera a Monterrey yo vendría a este lugar, porque esta iglesia también tiene participación en este bella historia… En esta bella historia, estamos cada uno de nosotros, y como decía el hermano Samuel (Díaz) hace unos instantes: Aquí a poca distancia, a unos pocos minutos, aquí se oyó por primera vez en la Restauración de la Iglesia, la voz de Dios…” El júbilo desbordado de los hermanos, contagió a muchas personas invitadas a escuchar al Mensajero de Dios, quienes también levantaban sus manos, ante el sentimiento que experimentaban en su alma.

Continuó el Apóstol: “A Dios le doy gracias, porque me permitió ser parte de su historia, pero tengo un compromiso con él y ese compromiso es dar testimonio de lo que de gracia yo he recibido, ¿Y qué hemos recibido iglesia de Saltillo? Una palabra que al entrar a nuestro corazón, a nuestra vida, nos ha santificado y al obedecerla nos ha purificado, que al practicarla día a día nos mantiene santos delante de Dios, y así la Iglesia del Señor va caminando día a día, pero no solamente en lo espiritual; en lo material también podemos decir: Esta palabra nos ha dado tantos beneficios… ¡Qué bonito que, hay un pueblo diferente que tiene su esperanza en Dios y que, cuando se requiere una necesidad, entonces nosotros oyendo y escuchando la voz de Dios que nos da esa confianza ˂˂Clámame en el día de tu angustia y yo te respondere˃˃ llega la angustia, enfermedad, la tribulación, cosas difíciles a nuestra vida y que bonito es recurrir a ese Dios, como cantamos una alabanza ˂˂y la contestación llega al instante˃˃ ¡Qué bonita bendición entonces es poder decir somos Hijos de Dios!… ¿Quién puede decir soy el hijo de un Rey?, ¿El que busca, el que se esmera en encontrar esa adopción? No, esta bendición no es del que quiere, no es del que corre, sino de aquel que Dios tiene misericordia y de ti, Dios ha tenido misericordia…”

 

Expone Apóstol Naasón cátedra sobre evangelización personal

La multitud que anhelaba oír la voz del Mensajero de Dios, se regocijaba, al comprender lo mucho que Dios los había amado y el favor que había traído a sus vidas a través del Evangelio de salvación que llegó sus hogares por medio de un hermano o hermana que tocó la puerta de sus casas para predicarles este evangelio, por medio del cual ahora forman parte de la Historia de Dios. Las voces en eco sonoro estremecían el interior adornado del Templo, cuando el Siervo de Dios les dijo: “Llegó esta palabra a tu casa, la escuchaste, la oíste, la obedeciste, bajaste a las aguas bautismales y se oyó una voz en el cielo que decía: Estos son mis hijos amados en quien tengo mi complacencia…” –aseguró, al tiempo que la iglesia hacía eco a su mensaje.

Después de concientizar a la Iglesia del Señor acerca del eterno amor de Dios por su pueblo, recordó a todos la responsabilidad de corresponder al favor de Dios, a esa gracia que Dios ha mostrado, dando de gracia, lo que de gracia han recibido. Los hermanos sin dudarlo asentían con la cabeza y exclamaban multitud de amenes en señal de aprobación. Ante la realidad de los hechos, el Ungido de Dios expuso a los santos, las posibles situaciones que se presentan cuando un creyente anuncia la palabra de Dios: “¿Y si te cierran la puerta o si te dicen: Señor, a mí no me venga a engañar con sus mentiras? –ante dicha situación enseñó a sus discípulos cómo responder con respeto: Señor, permítame hablarle, si después de que yo le hable, usted dice que esto no es para usted, yo me iré, pero también si usted es de Dios, al hablarle esta doctrina, su alma experimentará el llamado de -Dios, porque Dios ya tiene identificadas a sus ovejas y sus ovejas, oyen su voz y le siguen…”

El hermoso rebaño reunido en Saltillo, asimilaba cada palabra que el Apóstol les exponía acerca de cómo evangelizar de manera personal, porque él ha sido el primero en poner el ejemplo, cuando evangeliza a hombres eminentes de diversos círculos sociales y también a todas aquellas personas que en sus presentaciones o recorridos se encuentra y les predica personalmente el evangelio de la salvación. Asimismo recordó a los hermanos que, al principio existe una resistencia que muchos de ellos experimentaron cuando les hablaron la palabra de Dios, pero poco a poco esa palabra fue produciendo un cambio en sus vidas y comenzaron a sentir paz y tranquilidad, seguidas por un gozo interno indescriptible, conforme la Obra de Dios se iba desarrollando en sus corazones.

En un escenario por espiritualmente ferviente y con un ánimo que impacta a los oyentes a pesar del arduo trabajo que ha realizado de manera ininterrumpida en estos casi cuatro años de ministerio apostólico, dio un consejo impregnado de recompensa para todos aquellos que lo quisiesen poner por obra:

“Así es que yo vengo no solamente a cumplir mi promesa de decir: Voy a ir a saltillo a visitarles; sino también a recordarte que seamos agradecidos con nuestro Dios, recordemos que si de gracia hemos recibido este don, esta bendición; de gracia tenemos que impartir, porque yo veo que se han reunido las iglesitas de esta ciudad, esta noche para estar con su hermano, porque su hermano, quería estar aunque sea un momento con vosotros. Puedo ver aquí cientos de personas que se reúnen y han reconocido la elección de su hermano; pero sabes que, yo escucho miles y miles de almas que gimen, que claman, ovejas que están en el risco, que están en las tinieblas, en la oscuridad y que anhelan ser rescatadas; yo les digo a esa miles de almas ¡Tengan paciencia! en un tiempo podre decir, ¡Seguro se halla el aprisco! Tú vas a ir a buscarlas, tú vas a ir a ampararlas; yo pregunto: ¿Quién será mi mano?, ¿Quién les llevará a esas ovejas esta verdad?, ¿Quieres ayudarme? Si así lo haces, yo doblo mis rodillas, a todo corazón obediente que ponga en práctica lo que hoy les estoy pidiendo y les aseguro que Dios los llenara de bendiciones, Dios los llenara de salud y verán que nuestro Dios es su Dios vivo”.

Tras estas palabras, Apóstol e Iglesia se unieron en un solo espíritu a través de una hermosa oración y sucedió que, mientras todos disfrutaban la comunión espiritual, se escuchó un estruendo en el interior del templo, del que todos los presentes fueron testigos y la oración que ya hacían, se convirtió en un vivo pentecostés, que arropó a propios y extraños en un sublime momento de intimidad con Dios.

Al concluir su plegaria, el hermano Naasón visiblemente emocionado se puso de pie y consciente de la bendición que Dios había otorgado a su pueblo en ese momento, se despidió de sus hijos con las siguientes palabras: “Saltillo, Dios te bendiga, Dios te prospere, algún día no muy lejano, yo he de volver aquí para pagar voto a Dios y veré una Iglesia multiplicada, una Iglesia grande, porque Dios ha de cumplir su promesa. Hasta entonces, Dios que me ha elegido quede en vosotros, el poder de Jesucristo y su palabra os acompañe y mi oración siempre en favor de vosotros, sea un bálsamo que cure vuestras heridas, Dios te bendiga, Dios te guarde”.

Ante el júbilo desbordado por el mensaje apostólico, los hermanos presentes solo contestaron “amén” para volver a caer de rodillas y dar gracias a Dios por este sublime momento del que el Ungido de Cristo los había hecho participantes. Posteriormente, el Varón de Dios pasó a la Casa pastoral donde esa noche ya, compartió el pan y la sal con sus ministros invitados, y donde también instruyó a todos ellos ,durante una hora acerca de aspectos de mucha bendición para la Iglesia de Dios.

Después de tomar sus alimentos el Siervo de Dios agradeció al hermano Job Robles la anfitrionía de esa tarde y se despidió de ese lugar. Al salir de la casa, la multitud de hermanos le aguardaban en el exterior para despedirse de él, a quienes con esmerado amor y cariño saludo e impartió múltiples bendiciones que marcaron una estela de abrazos fraternos entre todos ellos, tras su partida.