«La gratitud a Dios: uno de los principales valores de nuestra Iglesia»: Apóstol Naasón Joaquín

(Coordinación de Crónica Apostólica) — El lunes 30 de julio, el Apóstol de Jesucristo, Naasón Joaquín García, acudió al templo de la colonia Hermosa Provincia, en Guadalajara. El reloj marcaba las 4:28 de la mañana.

En su trayecto al recinto sagrado, luego de subir la escalera del atrio, lo esperaba un niño de cinco años, quien recitó de memoria un fragmento del libro de Apocalipsis, capítulo 4. Luego de escuchar al pequeño, el Apóstol del Señor le dirigió unas palabras: «Dios te bendiga, hijo. El Señor te guarde en esa hermosa fe en que estás siendo engendrado».

Enseguida, saludó al Coro de Adolescentes de la colonia Bethel, que se encontraba en la Glorieta Central, y al numeroso grupo de hermanos que esta mañana se dieron cita para acompañarlo en su plegaria, algunos de ellos provenientes del extranjero —es el caso de la hermana María Mendoza, de nacionalidad española, quien inició la Obra en cuatro países africanos: Guinea Ecuatorial, Gabón, Sao Tomé y Príncipe y, de reciente data, Mozambique—.

Al llegar al interior del templo, se encaminó a su oratorio, en donde elevó su plegaria al Creador. Acompañaron al Apóstol de Jesucristo en su oración, siete pastores y un numeroso grupo de diáconos y encargados, además de la Iglesia congregada. Durante este acto de comunión, el Orfeón de Hermosa Provincia entonó los himnos: «A solas al huerto yo voy» y «Dulce oración».

Al término de su plegaria, el Apóstol del Señor saludó a los integrantes del Coro y salió del templo se dirigió a la casa apostólica. En su puerta, platicó con sus colaboradores; en primer lugar, destacó la enseñanza inserta en las alabanzas en cada una de sus estrofas. De manera particular, se refirió a los himnos «A solas al huerto yo voy» y «Dulce oración», que minutos antes el Coro local entonó en el interior del templo.

«¡Cómo nos llevan los cantos a una meditación! Cada alabanza, que fue inspirada por Dios, también nos sirve para meditar, aconsejar y redargüir… Es muy hermosa la oración: es un momento en que el hombre se conecta con Dios… cuando el hermano dobla su rodillas, entiende y sabe lo que va a hacer, y lo que está haciendo, y no hay quien lo pueda distraer», asentó.

 

La oración: momento íntimo de comunión con Dios

En relación con lo anterior, recordó el testimonio del hermano P.E. Enrique Aguilar —ministro de origen salvadoreño, que ya duerme en el Señor—, quien, en una ocasión, mientras oraba en el interior del templo, el Apóstol de Jesucristo Samuel Joaquín lo mandó llamar. El encargado de darle el recado se acercó al pastor y le dijo a su oído: «Hermano Enrique, el Siervo de Dios lo manda llamar». Concentrado en su oración, continuó con su plegaria. Por segunda ocasión, el mensajero lo volvió a interrumpir: «El Apóstol del Señor lo está buscando», y, de nueva cuenta, sin despreciar al Enviado de Dios, el hermano Aguilar continuó de rodillas orando. ¿Por qué actuó de esta manera?, porque en ese instante estaba platicando con Dios.

En este tenor, el Siervo de Dios afirmó: «La oración es un momento íntimo entre nosotros y Dios. Es el instante cuando podemos desahogar nuestro espíritu y desnudarlo delante de Él». Comentó que cuando el hermano tiene alguna necesidad, se allega a Dios, y con lágrimas le pide de su ayuda. Lo triste y lamentable, es que hay quienes, luego de favorecidos en su petición, sus posteriores oraciones duran diez segundos e inmediatamente se ponen de pie.

Enseguida, invitó a sus colaboradores a la siguiente reflexión: «¿Te acuerdas cuando tú o alguno de tus familiares estuvieron enfermos? Tu oración de petición no era de un minuto… era de quince minutos o más. Cuando ya no tenías esa necesidad, ¿no sentías alegría, satisfacción y gratitud en decir: ‘Gracias, Señor’? Mi matrimonio y mi familia están salvos y en completa armonía, y en esa paz nos acercamos de nuevo a desahogarnos con Él: ‘Reconozco que todo esto bueno que estoy viviendo es por ti, Señor… Y hoy vengo a decirte: ¡Gracias. A tu nombre sea la gloria. Si así lo quieres, prolonga esta calma…’».

Trajo a la memoria el siguiente pasaje: «… invócame [clámame] el día de la angustia; te libraré, y tú me honrarás» (Salmos 50:15); y agregó: «¿Y cómo debemos clamar a Dios? Con necesidad y llanto. ¿Y cómo debemos honrarle?, ¿con una ‘oración’ de diez segundos?».

 

«Clámame en el día de tu angustia y yo te responderé, pero tú me honrarás»: promesa y compromiso

En un paralelismo humano, puso el ejemplo de cuando una persona se acerca a otra con el fin de pedirle dinero prestado. El necesitado se acerca con insistencia, ruego y humillación, pidiendo a su conocido que lo auxilie económicamente. Sin embargo, en numerosos casos, cuando se llega el plazo de pagar el empréstito, la actitud y respuesta del deudor es de enfado, disgusto e indiferencia, al grado de responder a quien le dio su apoyo: «Por estarme insistiendo tanto, ahora no te pago… ¡y hazle como quieras!» —en la mayoría de los casos se pierden las amistades—, expresión distinta a cuando se acercó a pedir el dinero».

En este sentido, el Apóstol Naasón Joaquín expresó: «Así se me hace cuando el hermano no le da la gloria, honra y gratitud a Dios, de la misma forma en que fue a solicitar su ayuda en el día de la aflicción. ¿Cómo debe ser nuestra honra hacia Él?… de la misma forma en que fuimos a pedirle, humillados y reconociendo su bondad: ‘Te clamé y tú me respondiste. Hoy, con toda mi gratitud, te vengo a dar la gloria y alabanza’. Hay personas que preguntan por qué lloramos. El hermano cuando entra en esa plática e intimidad con Dios —sea por clamor, necesidad, gratitud o únicamente para honrar su nombre—, es porque está enseñado que ese el momento de derramar su corazón delante de nuestro Dios».

Enseguida, citó el testimonio bíblico de los diez leprosos, «… los cuales se pararon de lejos y alzaron la voz, diciendo: !!Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros! Cuando él los vio, les dijo: Id, mostraos a los sacerdotes. Y aconteció que mientras iban, fueron limpiados. Entonces uno de ellos, viendo que había sido sanado, volvió, glorificando a Dios a gran voz, y se postró rostro en tierra a sus pies, dándole gracias; y éste era samaritano. Respondiendo Jesús, dijo: ¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están?¿No hubo quien volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero? Y le dijo: Levántate, vete; tu fe te ha salvado» (Lucas 17: 13-19).
.
De los diez leprosos que fueron sanados, solamente uno se acercó con el Hijo de Dios a manifestar su reconocimiento y gratitud, a pesar de que todos, en su momento de aflicción, acudieron al señor Jesucristo con voz de súplica, ruego y clamor —posiblemente anegados en llanto, pidiendo ser limpiados de esa enfermedad incurable—. Aquel samaritano tomó más tiempo para agradecer que para pedir.

 

La oración de adoración a Dios: la más hermosa de las oraciones

En relación con la virtud de la gratitud, el Apóstol de Jesucristo comentó: «Por esto lloramos: porque se nos enseña a orar y ser agradecidos, en razón de que uno de los principales valores de nuestra Iglesia es la gratitud a Dios… Por eso, cuando doblamos nuestras rodillas —el momento en que sabemos que estamos postrados ante los pies de nuestro Dios—, el hermano y la hermana derraman su espíritu y lloran de alegría,

«Refieren los hermanos: el Varón de Dios oró y su intervención hizo que el Señor obrara en favor de nosotros. ¿Quién hizo esa maravilla?, Dios… Pero el Apóstol de Jesucristo también oró; sí, pero la maravilla, el milagro, el favor y el poder proviene de Dios, por ello es menester darle la gloria, la honra y la alabanza. ¿Le vamos a orar al Siervo de Dios? No, no podemos ‘orarle’ al Siervo de Dios. Le vamos a orar a Dios para que bendiga a su Siervo —le dé salud, fuerzas…— que es muy diferente», El Apóstol, en este tiempo de gracia, es el intermediario de las bendiciones. A través de él, Dios bendice a su Pueblo.

«En su oración, el hermano expresa: ‘Te doy gracias, Señor, porque me permitiste vivir en un tiempo de gracia y de salvación; pero a tí te agradecemos y te damos la gloria’, ¿Y el Siervo de Dios?… ‘Te pedimos que lo guardes y lo fortalezcas en su salud. También te pedimos por nuestros seres queridos…’. Pero, en todo momento, la gratitud, la honra, la gloria y la alabanza corresponden únicamente a Dios.

«Dios me inspiró establecer la oración de adoración, en la que desnudamos nuestra alma y se la entregamos por completo a Dios, en un grito de gloria, alabanza y adoración, Ustedes también la viven en sus iglesias todos los días. La oración de adoración es la oración más hermosa. Por eso, el Señor Jesucristo, en los momentos más duros y difíciles, buscaba, la mayoría de las veces, un lugar apartado para orar, donde él pudiera derramar su alma». «Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente» (Hebreos 5:7).

La oración que elevó el Señor Jesucristo elevó al Padre celestial, en el monte Getsemaní, por su gran clamor, quedó registrada en los evangelios, a pesar de que los discípulos se encontraban a un tiro de piedra de distancia de él (v. Lucas 24:41). «Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú» (Mateo 26:39).

En relación con lo anterior, comentó: «Los discípulos escucharon la oración de su maestro; sin embargo, cuando él baja del monte y los encuentra dormidos, experimentó un gran dolor. ¿Escucharon y vieron su clamor?, si. ¿Vieron su dolor?, sí. ¿Sería una oración de cinco minutos? Por supuesto que no. Fue una oración tan prolongada que los discípulos se quedaron dormidos. Y luego baja la primera vez tema, los ve dormidos… Tan larga fue su oración que en la segunda ocasión que bajó, los encontró de nuevo dormidos (v. Mateo 26:43). Aquí está la enseñanza de porqué los hermanos y las hermanas lloran: porque así nos enseñó el maestro. ¡Al Señor debemos allegarnos con el alma desnuda!».

 

¡Somos un Pueblo feliz!

En este tenor, pidió a sus colaboradores comprender con claridad el significado del clamor —grito o voz que se profiere con vigor, esfuerzo y llanto—. Y agregó: «Qué bonito es analizar los cantos y decir: ‘Dulce oración de toda influencia mundanal, elevas tú mi corazón al tierno Padre celestial…’. Entender que nos presentamos ante Dios, y en ese instante estamos ante sus pies.

Antes de despedirse, volvió a retomar el ejemplo del deudor malagradecido: «En el caso del que pide dinero prestado, que se acerca a quien puede ayudarlo con humillación, ruego, súplica y necesidad… si así lo hace en lo humano, más debe ser el ruego y el clamor cuando se dirija a Dios. Con mayor humildad, sencillez, reconocimiento y clamor. Y luego viene la contestación de Dios. Si en mi necesidad acudí llorando a mi Dios; en la bendición, mi respuesta todavía será con mayor gratitud…. Uno de los principales valores que se inculcan en la Iglesia del Señor, es no olvidar los favores recibidos de su mano. Por eso lloramos y, a través de eso, recalcamos: ¡Somos un Pueblo feliz!

«¡Qué bonitas alabanzas! ‘A solas al huerto yo voy’… porque esa es nuestra oración. Cuando nuestra alma se va a un lugar apartado, donde no queremos saber nada, más que de hablar con nuestro Dios, la oración es un arma que Dios nos permite, una comunicación, una oportunidad que nos permite para estar en constante comunión con Él. No seamos como aquellos malagradecidos que piden dinero prestado y posteriormente se resisten a pagar, en donde, en muchas ocasiones, hasta la amistad se pierde».

Con una sonrisa esbozada en su rostro, el Mensajero del Evangelio eterno se despidió de sus colaboradores: «Pasen a la oración. Dios los bendiga». En esta mañana de bendición, a unas horas de la oración del primero de agosto, el reloj marcaba las cinco de la mañana.