No tengas temor, hermano de San Agustín ¡Dios te ha de multiplicar y tú no tienes que desconfiar, antes creer en lo que tu hermano te dice!

(Coordinación de Crónica Apostólica) — La iglesia del ejido San Agustín fue la última en la agenda de trabajo del recorrido que el Apóstol de Jesucristo Naasón Joaquín García realizó ese día visitando seis de las congregaciones de La Luz del Mundo establecidas en Ciudad Juárez; a donde llegó anheloso de conocer a los hermanos, aunque se tratase de una pequeña iglesia establecida a orillas de la ciudad en una población ejidal.

El reloj marcaba ya las tres de la tarde cuando el Apóstol llegó a ese lugar, un pequeño grupo de niños vestidos de blanco lo recibió en el exterior de la pequeña Casa de oración, a quienes el siervo de Dios saludó con visible alegría. Al entrar al templo, poco menos de un centenar de hermanos, lo arroparon en un calor espiritual que denotaba el reconocimiento a la elección de Dios grabada en el corazón de esas almas sencillas que lo recibían emocionados de tener entre ellos al Ungido de Jehová. También había personas que visitaban el lugar para conocerle y escuchar la predicación.

Enseguida el Siervo de Dios subió a su ministerio y dio un emotivo saludó al pequeño grupo de hermanos ahí reunidos: “Que hermoso es venir a vosotros y sentir ese amor y esa alegría, recibir ese reconocimiento espiritual que Dios ha hecho en vuestro corazón al ver a su hermano. Mi alma también brinca de alegría por verles y por contemplarles y aunque aquí está un poco retirado de la ciudad, puedo constatar que aquí también servís fieles al Señor, perseverando hermanos de San Agustín. Veo vuestro templo y aunque es un poco pequeño, porque es un poblado pequeño, pero créeme, ¡Dios te ha de multiplicar y tú no tienes que sentir temor, ni desconfiar, antes creer en lo que tu hermano te está diciendo y para ello te invito a unirte a este trabajo, tienes que seguir predicando y anunciando esta hermosa verdad”.

A ellos el Padre de la fe, los comparó con aquel joven David, cuya historia de valor narran las sagradas escrituras en Primera de Samuel capítulo 17: “Dice la palabra de Dios que viendo aquel gigante que ofendía, que blasfemaba al pueblo de Israel, aquel jovencito fue y se enfrentó a él. Un gigante que aparentemente le iba a vencer y a quitar la vida; pero aquel jovencito confiaba en un Dios poderoso, en un Dios que lo iba ayudar en aquella situación; por ello le decía al gigante: ˂Tú vienes a mí con escudo, con espada, con lanza, con tu fuerza…˃ por cuanto era una mole, pero David lo comparaba con su Dios poderoso, el Dios inconmensurable, el Dios de las mil batallas e inflamado de valor le aseguraba: ˂mas yo voy a ti en el Nombre de Jehová mi Dios, él te entregará en mis manos˃ porque sentía la seguridad, la certeza de que, aquel Dios iba a estar con él” –recordaba el Ungido de Dios.

En ese sentido y ante la necesidad de Dios que las almas manifiestan en todo lugar, instó al pequeño grupo a no tener ningún temor ante la adversidad o las luchas, sino a mantener la confianza en Dios, porque ese Dios que ayudó al pequeño David a vencer al gigante Goliat, es el mismo Dios de la Iglesia La Luz del Mundo, es quien hizo la promesa de multiplicar este pueblo, promesa que hasta este día va cumpliendo de manera acelerada: “Solamente la constante del consejo apostólico para ustedes, es una invitación a creer en esa promesa y actuar en consecuencia, para que Dios haga notorias sus maravillas y proezas, Si así lo hacéis, entonces yo doblaré mis rodillas para pedirle a Dios, que él te bendiga y que Dios prospere todo lo que de tu boca salga, para ser testimonio de su Iglesia”.

Como en todos sus recorridos, el Siervo de Dios aprovecha para orar con cada una de las iglesias que visita y dejar su bendición apostólica; bendición que se manifiesta en bautismos, promesas del Espíritu Santo, adquisición de terrenos, construcción de templos más grandes y hermosos, mejores trabajos, incubación de empresas y prosperidad de la iglesia en todos los sentidos. Por ello los congregados esa tarde, en esa sencilla casa de oración se llenaron de fortaleza espiritual convirtiéndose en una iglesia de fe, consciente de todas las bendiciones que acarrea la presencia de un Enviado de Dios en una congregación local y asidos de esa gracia, no desaprovecharon la enorme bienaventuranza de incluirse en la plegaria del Apóstol de Jesucristo.

Al despedirse de los hermanos de esa iglesia de las orillas de Ciudad Juarez, el hermano Naasón les dijo: “Hermanos de San Agustín, sé que obedeceréis a mi invitación, y muy pronto, un día no muy lejano yo regresaré a vosotros, porque también mis ojos querrán contemplar que en vuestro trabajo, Dios os multiplicó y os va a bendecir más. Me despido con un ósculo de amor, deseándote que Dios te bendiga y te guarde”. El pequeño rebaño congregado en este lugar, cuyos corazones saltaban como becerros de manada –según refiere el libro de Malaquías, siguieron al Apóstol con su mirada y con sus manos en alto, como siguen los girasoles al sol, hasta que el amado de Dios subió a su vehículo y se fue dejando una estela de bendiciones en cada uno de ellos.