“¿Quién será el Caleb que me diga: Estoy con usted?”: Apóstol de Jesucristo Naasón Joaquín a la iglesia de la colonia San Francisco

(Coordinación de Crónica Apostólica) — La penúltima de las seis iglesias que el Apóstol de Jesucristo visitó ese día en Ciudad Juárez, Chihuahua, fue en la colonia San Francisco, bajo el cuidado del ministro Francisco Hernández Vásquez, quien junto con la iglesia aguardaba el momento de la visita de su padre en la fe de Jesucristo.

Eran las 2:16 de la tarde cuando al acercarse la caravana de vehículos, un grupo de jóvenes que vigilaba el tránsito vehicular desde una pequeña glorieta que antecede a la calle que conduce al templo, se percató de la presencia del Apóstol de Jesucristo y tras saludarlo levantando sus manos, corrió a toda prisa por otra callejuela que da a la parte trasera del templo para dar el aviso a los hermanos, que se apresuraron a ingresar a la casa de oración para recibir al Apóstol del Señor, quien descendió de su vehículo con su ya inconfundible sonrisa. El Ministro lo saludó y le dio la bienvenida.

Al ingresar al templo, recorrió el pasillo entre un cúmulo de hermanos que glorifican al Dios del cielo y con sus rostros empapados en lágrimas de gozo espiritual, ondeaban palmas en sus manos dándole la bienvenida. Algunos estiraban sus manos hacia el apóstol como queriendo tocarlo y otros, que por alguna razón que Dios y su Siervo saben, él se acercó a ellos y les inmpuso sus manos en la cabeza.

Tras manifestar su alegría por el reencuentro y reconocer la Obra de Dios perfeccionada en el corazón de los congregados, en un paralelismo bíblico tomó el ejemplo del Profeta Eliseo, y la mujer de Sunem, quien con lo recibía en su casa, siempre que el Profeta pasaba por ahí, y le brindaba ciertas atenciones. Pero un día, -narró el Siervo del Señor-, Dios hizo una obra en el corazón de la mujer y ese día entendió que aquel hombre que pasaba por su casa era un Varón Santo de Dios (V. 2ª de Reyes 4:10), en ese sentido el hermano Naasón dijo a los hermanos de la colonia San Francisco: “ahora Dios te ha hecho entender que aquel que venía, ahora es el hombre que Dios ha puesto al frente de tu alma”. La feligresía en el interior y la que estaba en el exterior volcada sobre la puerta principal para ver al Apóstol de Jesucristo, y aún la notoria cantidad de visitantes, indiscutiblemente movidos por el Espíritu de Dios, exclamaban asistiendo con reiteraros amén; alzando sus manos empuñadas.

A su vez el Varón de Dios decía: “¡Mi alma se llena de alegría, mi corazón de gozo, iglesia de San Francisco, al ver como Dios te ha multiplicado como Dios ha engrandecido su obra por todos estos lugares!” –exclamó visiblemente contagiado de emoción espiritual. Enseguida recordó los trabajos que llevó a cabo en este lugar cuando era Pastor Jurisdiccional, las batallas que se libraron juntos y los grandes triunfos que Dios le dio en una ardua defensa por el respeto a la Libertad Religiosa de las minorías.

En ese sentido, retomó el ejemplo de la tierra prometida por Dios a Israel, donde por la fertilidad y abundancia, en sentido metafórico fluía leche y miel, la cual daría a todos aquellos bendición porque creyeron a sus promesas. Tierra donde habría abundancia de pan y prosperidad en todos los sentidos; sin embargo, narran las escrituras en los capítulos 13 y 14 del libro de Números, que cuando el Siervo de Dios Moisés envió a doce espías para reconocer la tierra; diez de ellos volvieron aceptando que en verdad era la tierra que Dios les había prometido, tierra fértil en extremo, porque pudieron constatar la cantidad y calidad de los frutos; pero cuyos moradores eran gigantes a quienes no podrían combatir. De esa forma comenzaron a desanimar a todo el pueblo y éste comenzó a protestar y a reclamarle a Moisés el hecho de traerlos caminando por el desierto para hacerlos morir en manos de unos gigantes.

“Pero había ahí dos varones, – destacó el Apóstol de Jesucristo: Josué y Caleb, los cuales sintieron aquel celo al ver el desánimo que aquellos otros diez estaban infundiendo al pueblo del Señor, se pararon en medio de la congregación de Israel y empezaron hablar: ˂˂No hermanos, no sintamos temor, no sintamos miedo, hemos visto las maravillas que Dios ha hecho desde que nos sacó de Egipto y también nosotros hemos visto que Jehová con brazo fuerte nos ha llevado a través del desierto y nos ha llevado con triunfo. Hoy ha llegado el momento de entrar y tomar esa tierra, y ese Dios que nos ha cuidado es el Dios que nos introducirá con triunfo a la tierra prometida.”

Fue así como el hermano Naasón comparó la promesa que Dios le hizo a él, con la del pueblo hebreo y recordó a los hermanos que la iglesia creyó también en la promesa que Dios le hizo a los apóstoles Aarón y Samuel, porque Dios cumplió esas promesas de manifestarlos como sus enviados, aun allende los mares y enfatizó que: “hoy también existe una promesa de Dios, pero hay que luchar para alcanzarla.” Al instante preguntó a los presentes: “¿Creíste en el Dios de Aarón?, ¿creíste en el Dios de Samuel? Déjame decirte, es el mismo Dios que me levantó y me dio estas promesas; así es que, yo te digo, ¿quién será el Caleb que me diga: hermano Naasón yo estoy con usted?, ¿te unes a mi batalla?, no será fácil, porque el Señor me ha dicho que pelearán muchos contra mí, pero me da una seguridad y una tranquilidad; ˂No temas, no te podrán vencer, porque yo voy a estar contigo˃” Todos a una levantaron sus voces, como el grito de guerra justo al iniciar la batalla “¡Amén, estamos con usted Varón de Dios!”.

Para concluir su mensaje en esta congregación y tomando como referencia su exposición del domingo 28 de octubre en Monterrey; reiteró a los hermanos, que la historia de la iglesia de Dios no se ha acabado, que en la historia de Dios se siguen escribiendo hermosas maravillas, hermosas batallas, hermosos triunfos; pero que siempre esos milagros los hace Dios al ver la valentía y el esfuerzo de su pueblo, que si creen en ellos, -ordenó presto: “no cierres tu boca, sino sigue testificando que en la tierra hay un Varón de Dios, que somos la Iglesia de Jesucristo. Si así lo haces habrá bendición. Entre tanto déjame doblar mis rodillas, déjame hablar con mi amigo y decirle: ¡Señor, si ellos obedecen a mi palabra, tú los has de bendecir, tú los has de de multiplicar en tu bendito nombre”.

La iglesia profundamente conmovida por el mensaje y la plegaria apostólica, dobló sus rodillas para entregarse a un momento de sublime oración, en la que que seguramente recibieron la fuerza de Dios para anunciar el Evangelio y con el corazón ensanchado de fe y valor se comprometieron a anunciar la verdad de Dios; porque el Embajador del Reino de los cielos los envía, les ordena y les estaba profetizando la victoria.

Al terminar de orar, el Amado de Dios se despidió de ellos: “Hermanos de San Francisco, yo sé que estáis unidos a tu hermano y que también seguirás siendo parte de esta bella historia y algún día no muy lejano, yo he de regresar a este lugar y constatar como Dios te ha seguido multiplicand. Ese día pagaremos nuestro voto a Dios alabando y bendiciendo su Santo nombre. Les insistió que desde este lugar anuncien a la ciudad, al estado, que la Iglesia del Señor sigue adelante con las promesas de nuestro Dios, ¡que Dios te bendiga!” y llevando sus manos a sus labios se despidió de ellos con un ósculo santo de amor, que cual oleadas sucesivas agitaban el corazón de la multitud, que se despedía de él con el alma henchida de la bendición de Dios.