La Iglesia de Escobedo, en Ciudad Juárez, Chihuahua, es consolada por el Apóstol Naasón Joaquín

“Voy a ir a visitarlos para decirles: Manada pequeña no temáis, Dios está con vosotros, Dios sigue con nosotros.”

(Coordinación de Crónica Apostólica) — La iglesia de la colonia Mariano Escobedo, de Ciudad Juárez, Chihuahua, ayer se vistió de gloria con la dulce presencia del Ungido de Dios, la bendición se dejó sentir en el sagrado santuario y llenó de luz el corazón de los hermanos que desde la oración de nueve de la mañana lo esperaban anhelosos, querían ver y escuchar al Padre de la fe. Con reverencia glorificaban cuando el pastor Dion Ángel Ruiz leyó el Salmo “Dios te oiga en el día del conflicto” y el fervor aumentó cuando de hinojos oraron por el Apóstol de Jesucristo, para que Dios les concediera recibirlo, incluso que sólo les dejara su bendición, como al Centurión romano que no se consideró digno de que el Señor llegara hasta su casa; sin embargo, Dios vio el corazón y la sinceridad con que deseaban alcanzar las bendiciones que dejan los hombres de Dios cuando pisan un lugar; pero lograron conmoverlo e ingresó ensanchado de alegría.

El Ángel del evangelio eterno decidía entrar a saludarles, todos glorificaban jubilosos. Ahí estaba el anhelado por todas las naciones, para dejarles un don espiritual y consolarles. Al subir a los atrios, los niños entonaban el emblemático himno beligerante, que define el perfil del Apostolado de la nueva era. Al ocupar su ministerio, el Apóstol Naasón Joaquín expresó: “Hermanos de Escobedo, en Chihuahua, ¡heme aquí! ¡Cuánto anhelaba mi alma volver a pisar estos lugares, al que llegamos a trabajar limpiamente en los proyectos del Apóstol Samuel Joaquín. Millares se quedaron en mi recuerdo, por eso mi alma y mi corazón anhelaban venir a este lugar, para volver a ver vuestros rostros, ya no como su pastor jurisdiccional, ahora como vuestro padre en la fe y decirles, ¡Seguro se halla el aprisco!”.

Aseveró que estaba ahí para cumplir un propósito de Dios, hacer sentir a su Iglesia que no están solos. Narró que la angustia y el dolor por la partida de su padre lo devastó y en aquella necesidad que sentía, aquel 8 de Diciembre de 2014, “necesidad de abrigo y de consuelo que mi carne sentía y ¿por qué no decirlo?, aún mi espíritu, pues no sabía los designios de Dios, no sabía lo que él tenía preparado para su hermano. Pero deseando encontrar respuesta en el único ser, en quien se me enseñó a tener confianza, a esperar en Él, fui como dice la Alabanza, fui a clamar al que sana las almas. Le pedí en mí oración, ¡Señor, Consuélame!, porque mi alma necesitaba consuelo, porque mi alma necesitaba sentir el cobijo de Dios, porque mi alma necesitaba sentir la protección de Dios.”

Continuó recordando con gran emoción espiritual, que aquella madrugada, no solamente era su clamor y petición, que en ese momento de gran angustia Dios escuchó la plegaria de toda su iglesia. El Ungido del Señor aseguró que Dios veía el dolor de cada uno, en toda la iglesia había angustia y la petición de querer esperar en Dios que mandara su consuelo: “¡Pero qué hermoso fue, cuando escuché aquella voz que me decía: ¿Por qué me pides consuelo, si tú has de consular a mi Pueblo? Hoy lo entiendo y digo: Señor, yo soy el consuelo de ellos, entonces, yo voy a ir a visitarlos para decirles “Manada pequeña, no temáis, Dios está con vosotros, Dios sigue con nosotros.”

En ese reconocimiento que permeaba en los congregados y llenaba de gloria el recinto, el coro dirigido por el hermano Joab Rodríguez, los acompañaba a entonar un cántico de Elección. A su vez el Siervo del Señor los exhortaba emocionado, a seguir adelante cumpliendo su santa y bendita voluntad.

Aclaró que su visita no es una presentación, porque el próximo Domingo se reunirán donde los hermanos lo han previsto, que solamente quería saludarles, y decirles: ¡Heme aquí! vuestro en Cristo, hasta mi último aliento! Les comentó que llegando a esta bella ciudad de Juárez, al bello estado de Chihuahua, recordó los tiempos hermosos donde Dios le permitió trabajar en conjunto con la iglesia que ahora visitaba y estaba ahí para rogar a Dios bendición para ellos, por su trabajo de amor y su solicitud: “Quiero doblar mis rodillas y agradecer a mi Dios y decirle: Señor: “Ayúdame a traerles consuelo a cada uno de ellos. Habrá almas, habrá corazones que se acerquen, habrá visitas, Señor, en mi persona, en mi representación bendíceles, -porque yo te represento a ti, ¡ayúdame Señor a transmitir ese consuelo, esa alegría en cada uno de ellos.

Entre tanto los exhortó a asistir a las oraciones que presidirán los ministros invitados a la Decimocuarta etapa de su Gira Universal, de quienes expresó: “También tengo mis amigos que me han acompañado, algunos de ellos en alguna edad madura, otros de ellos llegando a la vejez, otros ancianos; sin embargo, también vienen ayudarme, vienen a apoyarme, vienen a ser parte también de esta alegría y esta fiesta…” Reiteró que los envía a saludar a las iglesias y a animarlas a continuar sirviendo a Dios. Entonces, -preguntó a la iglesia de Escobedo, Cd. Juárez: “¿Quieres acompañarme a orar?, porque yo le quiero dar la gloria a Dios por haberme traído con bien a este lugar, pero también quiero decirles, que mi presencia en cada uno de vosotros, no solamente me refiero a esta colonia o a esta Iglesia, sino a todo el estado de Chihuahua, que en mi presencia han de sentir tu consuelo, se han de sentir seguros, porque Tú, Señor, has puesto en la tierra quién te represente. Con esta alegría llego para darle la gloria a Dios que no nos abandono, que no nos dejó, que nos dijo: Aquí estoy.

Después de la poderosa oración, que con gran reconocimiento y devoción elevaron el Hombre de Dios y los congregados, el ilustre visitante saldría de la Casa de Dios, después de decirles: “Ciudad Juárez, Chihuahua, que alegría estar con vosotros, así es que gocémonos y alegrémonos, porque este es el día que hizo Jehová y en él nos hemos de alegrar.

Concluyó su visita dejando un bello pensamiento que los llenó de emoción espiritual: “He llegado a mi casa, -les aseguró el embajador de Cristo-, porque mi hogar no es ninguna Colonia, mi hogar es vuestro corazón, porque a vosotros me han enviado. He llegado feliz, también he venido en representación de Dios a traerte felicidad, seguridad, consuelo y protección, ¡a Dios sea la Gloria desde ahora y para siempre! Los abrazo en un saludo de amor y en un ósculo santo en Cristo Jesús, ¡Dios les bendiga!