“Solo te pido que des testimonio y te unas a mi batalla”: Apóstol Naasón Joaquín a la iglesia de Ampliación Aeropuerto

(Coordinación de Crónica Apostólica) — Continuando con su recorrido por la iglesias establecidas en Ciudad Juárez, Chihuahua, el Apóstol de Jesucristo llegó a las 12:45 del día a la comunidad de la colonia Ampliación Aeropuerto, donde el Ministro D.E. Vito Canizales y cientos de hermanos esperaban al distinguido visitante en un Templo pletórico de corazones anhelosos de oír la voz del amado de Dios.

Al llegar a la Casa de oración pletórica de redimidos que rebozaban de alegría, el hermano Naasón fue contagiado con el fervor de sus hijos que alzaban palmas en sus manos para darle la bienvenida. Antes que el Apóstol se dirigiera a los congregados, la iglesia comenzó a entonar el himno “Contigo estoy tan feliz” un himno que seguramente tocó las fibras más íntimas del corazón del Siervo del Señor, porque destaca las grandes maravillas que Dios ha hecho en los corazones de todos los creyentes de esta Nueva Era apostólica y la felicidad que continúa disfrutando el pueblo del Señor. Mientras cantaban el hermoso coro del himno, el Hombre de Dios expresaba en tono reflexivo: “Y yo soy feliz con ustedes”.

Al término del cántico el hermano Naasón dijo: “Vienen a mi memoria los días que yo estaba al frente de vuestras almas como pastor Jurisdiccional y venía con alegría a un estado, a una iglesia, que estaba bajo el cuidado de su hermano y con el permiso del Apóstol Samuel Joaquín, ustedes se unían a mis proyectos, a mi trabajo; pero hoy vuelvo como vuestro Padre en la fe”. Enseguida les expresó la alegría de volver a verlos, incluso su familiaridad con ellos, le permitía identificar algunos rostros de hermanos y hermanas que trabajaron con él, que lo apoyaron en la defensa de las libertades de la Iglesia.

Ahora que viene con la investitura apostólica, le fue ineludible referir las promesas que Dios hace a sus enviados, y para ello evocó el testimonio del hermano Aarón Joaquín, quien recibió la bendita promesa de Dios, en la que su nombre sería para bendición a todo el mundo, cuando era él solo y su esposa la hermana Elisa Flores “¿Cuánto tiempo trabajó el hermano Aarón solo?, unicamente con la compañía de aquel ángel que Dios le había dado a su lado para que le diera fuerza, aliento, compañía, que fue la hermana Elisa Flores de Joaquín. Así empezó el Varón de Dios trabajando, sembrando la semilla en un lado, en otro lado, creyendo en aquella promesa que Dios le había hecho, que habría de multiplicar aquella bendición por todo el Mundo” –recordaba con nostalgia.

Asimismo manifestó al pueblo que hoy se convierte en mensajero colectivo del evangelio de Dios, que tuvieron que transcurrir ocho años para que el Enviado de Dios en ese tiempo pudiese tener el primer bautismo de conversión, “ocho años que continuamente salía a las plazas, a las plazoletas de las sinagogas, al mercado, a las calles y donde sea empezaba a dar testimonio de esta verdad. Pasó un año, dos años, tres años y hasta 8 años, cuando ve bajar a la primer almita que había creído en él y en el evangelio de salvación que el Señor le había revelado”.

Evangelio que Dios ha permitido llevar a más de 55 países, en donde se asienta la Iglesia, que el Apóstol Naasón Joaquín guía y sustenta; responsabilidad que primero lo lleva a dar la gloria a Dios y a evocar la fe del hermano Aarón, en la que pese a la aridez de los primeros años, no desconfió de la promesa que Dios le hizo el 6 de abril de 1926 en que le dijo: “Tu nombre será Aarón y lo haré notorio por todo el mundo y será bendición”. Asimismo destacó su persistencia en el trabajo misionero para que la promesa de Dios tuviese fiel cumplimiento, lo cual es una realidad, de la que el Apóstol de Jesucristo es testigo; por lo que dijo: “He recorrido ya casi todo el país de México y he visto como la Iglesia se ha multiplicado y digo ¡Qué bendición tan grande, porque aquella promesa que Dios le dio a nuestro hermano Aarón, hoy la estamos viendo cada uno de vosotros. Hoy la Iglesia ya es grande, ya se ha multiplicado; pero aquí no termina nuestra responsabilidad”.

En ese sentido la constante apostólica ha sido confirmar a su pueblo la veracidad de las promesas de Dios en torno a la prosperidad para su pueblo y la forma en que ésta se llevará a cabo; es decir, la responsabilidad que cada creyente asume con Dios, para dar testimonio de este Evangelio de salvación, a fin de lograr el cumplimiento de las promesas en un lapso de tiempo razonable, ya que en algunas ocasiones el Siervo del Señor ha manifestado que en un promedio de diez años, se estará cosechando esta siembra espiritual en muchos más países del mundo, además de la media centena en la que ya se bendice y adora a Dios, como al Señor le agrada.

En este tenor aseveró ante los cientos de hermanos de Ampliación Aeropuerto: “Yo sé que ya sois miles, pero yo veo otros miles, sólo te pido que des testimonio y que te unas a mi batalla”. Enseguida invitó a la iglesia a elevar una oración a Dios, poderosa plegaria en la que él pediría al Altísimo, un cúmulo de bendiciones para su pueblo que cumple su propósito, porque cree en sus promesas y que conforme a las promesas de Dios, así será su bendición para su iglesia. Con esa confianza los hermanos levantaban sus manos al tiempo que doblaban sus rodillas para unirse en oración, amparados por la intercesión del Padre en la fe que hoy estaba con ellos, en su casa y bajo su techo.

Tras una ferviente plegaria que resonó como un estruendo, como el sonido de las corrientes de muchas aguas, el Amado de Dios, enjugó sus ojos y se puso de pie para despedirse de su iglesia de Ampliación Aeropuerto en Ciudad Juárez, no sin antes dejarles una promesa: “Yo volveré por este lugar…” ante cuya voz, la exclamación del pueblo que apenas concluía su oraciónse, volvió a resonar en el interior del templo. Así y llevando sus manos a sus labios les dijo: “Me despido con un ósculo de amor y los espero el próximo domingo”.

Al recorrer el pasillo tocaba con sus manos, la cabeza de algunos hermanos que con la fe en Dios se aproximaban a él para expresarle su reconocimiento o para exponerle alguna necesidad; los que sin duda no fueron defraudados, pues en cada visita que el Hombre de Dios hace a una congregación, las ventanas de los cielos se abren y Dios derrama todo cúmulo de bendiciones sobre su pueblo; hecho que ha sido constatado por propios y extraños.