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En la Ciudad de México, el Apóstol Naasón Joaquín culmina triunfante la décima etapa de su Gira Universal

By junio 14, 2017 octubre 29th, 2018 No Comments

«La felicidad perfecta sí existe: se encuentra y proviene de Dios», afirma categórico

(Coordinación de Crónica Apostólica) — El miércoles 14 de junio, el Excelentísimo Apóstol de Jesucristo, Naasón Joaquín García, culminó la décima etapa de su Gira Universal en la Ciudad de México, luego de un periplo que tuvo lugar en ocho estados de la República Mexicana: Guanajuato, Querétaro, Guerrero, Morelos, Tlaxcala, Hidalgo, Ciudad de México y Estado de México.

La sede de este histórico encuentro fue la «Arena Ciudad de México», ubicada en la Delegación Azcapotzalco de la capital del país. A pesar de ser «el recinto más importante, cómodo, moderno y seguro de América, con capacidad para 25 mil asistentes cómodamente sentados» —de acuerdo con información de la página oficial—, este coloso resultó insuficiente. Se tuvo que habilitar el estacionamiento y la planta baja, sin contar que otro tanto de hermanos siguieron en vivo la anhelada presentación apostólica desde la parte exterior del recinto.

A las diez de la mañana dio inicio la consagración previa a la presentación apostólica, que fue presidida por el hermano Adoraim Joaquín Zamora. La Iglesia congregada, vestida de blanco y portando pañuelos en sus manos, esperaba con singular júbilo el ingreso del Embajador del reino de los cielos, en una fecha que ha quedado inscrita en las gloriosas páginas de la historia contemporánea de la Iglesia del Dios Vivo Columna y Apoyo de la Verdad. Luego de la consagración, la espera terminó para los presentes: el Apóstol de Jesucristo, acompañado de los pastores, ingresó al moderno recinto que a su paso retumbó a través de las expresiones de algarabía, palabras nacidas de lo profundo de los corazones, de los más de 25 mil hermanos asistentes de la Ciudad de México y el Estado de México, entre ellos centenares de visitas.

 

Salutación apostólica

Su ingreso triunfal, con paso firme y su inocultable alegría al reencontrarse con sus hijos espirituales, el Apóstol de Dios volteó a sus laterales y a los mezanines de una pletórica Arena México, que para ese momento se estremecía. Todo lo anterior, justo en la fecha en que se cumplían dos años y seis meses de la manifestación de su ministerio apostólico —que tuvo verificativo la madrugada del 14 de diciembre de 2014, en Guadalajara—. Las expresiones de amor, reconocimiento y gratitud del Pueblo se fusionaron en una sola voz: «El tiempo de la Ciudad de México y del Estado de México había llegado». Los coros presentes, entre los que se encontraba el del estado de Jalisco, se sumaron a esta bienvenida a la capital de país, una de las más grandes metrópolis del mundo, a su excelso maestro y guía espiritual.

Ya en su ministerio, el Apóstol del Señor, inundado de algarabía espiritual, dirigió sus primeras palabras: «Quisiera que me acompañaran en una oración, porque al ver esta hermosa Obra que Dios ha hecho en estos lugares, no me queda más que decir las palabras que invariablemente han salido de mi corazón: ¡No a nosotros, oh Jehová; no a nosotros, sino a tu nombre sea gloria!

Acto seguido, invitó a los presentes a elevar la oración de adoración al Creador, la que se escuchó como un estruendo al interior del citado recinto —el día posterior, el jueves 15 de junio, durante el servicio de alabanza, la Iglesia Universal a través de internet se conectó a la magna presentación apostólica—.

Al término de la ferviente plegaria, los coros entonaron al unísono el canto de bienvenida al insigne visitante. Posteriormente, el hermano P.E. Oreste Sánchez, a nombre de las iglesias de las citadas entidades y del Cuerpo Ministerial, dirigió unas palabras al Apóstol del Señor: «Con toda piedad, y desde lo más profundo de nuestro corazón, le decimos: Apóstol de Jesucristo, sea bienvenido a su casa, la cual somos todos nosotros, privilegiados de Dios porque Él hizo esa Obra en cada uno de nuestros corazones».

Luego de las palabras de recepción, el Apóstol Naasón Joaquín inició su disertación, que no solo era dirigida a los mexiquenses y capitalinos, sino que llegaría, a través de la señal de internet, a incalculable número de hermanos y personas al día siguiente: «Que la paz de Dios nuestro Padre y la gracia de su hijo amado Jesucristo, more en esta hermosa Iglesia que ha florecido en el Estado de México y en la Ciudad de México».

 

El Apóstol de Jesucristo invita a la Iglesia a orar por su esposa, la hermana Alma Zamora, y por sus tres hijos

Enseguida, invitó a su esposa, la hermana Alma Zamora Espinosa, y a sus tres hijos y a pasar al área principal que se preparó en esta ocasión para la magna presentación. La Iglesia glorificaba el nombre del Señor Jesucristo.

Acto seguido, expresó: «Hoy vengo una vez más a darle las gracias a Dios, por lo que me concede vivir. Hace 25 años me permitió empezar un camino, en el cual hoy comprendo el motivo y razón de él; me permitió formar una familia, que hasta el día de hoy está aquí conmigo. Dios me hizo acompañarme de ellos y me mostró lo que es ser padre, lo que son las pruebas, la alegría, el orgullo, la paciencia, los errores, la responsabilidad, el desprendimiento, los desvelos, las preocupaciones y, sobre todo, lo que es darme a otros aún por encima de mis deseos o necesidades personales.

«Él me enseñó a amar, y en ese amor a entender y comprender a otros fuera de mí. Me dio una esposa, y de esa unión me dio a tres hijos: Adoraim, mi primogénito, quien me hizo saber el orgullo de ver mi descendencia continuar; Eldai, mi primera hija, quien me enseñó la prudencia y la paciencia, teniendo un espíritu varonil; Sibma, la más pequeña, quién me mostró su alegría a pesar de todo. Ellos, los cuatro, no sabían los propósitos de Dios; no sabían que Él los había puesto para mostrarme lo que sería mi vida después de la misión que Él me daría, al manifestar su Elección en mí. Cedieron con fe y reconocimiento a un esposo y padre, respectivamente, para dar lugar a un Apóstol de Dios en sus corazones. Y con ello, comprendieron que ya no me debía a ellos, sino a Dios y a su Pueblo, y que aún ellos se unirían para ser guiados y cuidados por mí en la dirección que Dios me ha dado al frente de esta hermosa Iglesia. Ellos saben que no soy más su esposo y su padre, pero reconocen con sus hechos que soy su Padre la fe, y en ello yo me glorío.

«Hoy quiero que me acompañes hacer una oración porque quiero darle la gloria a Dios. Nuestra vida y la de ellos era muy diferente, teníamos nuestros planes. De la misma manera, habíamos tomado ya un destino marcado por nosotros mismos, en donde no figuraba esta bendición que Dios me ha dado, pero Él quiso manifestar esta gracia con su hermano, y ellos, con la fe que también Él ha puesto en sus corazones —Obra que también hizo en mi familia: en mi madre, mis hermanos y en n sus hijos—, y han sido un gran apoyo para mí. Aquel 14 de diciembre yo deje de ser para ellos un padre y para mi compañera una esposo; ellos saben que ahora mi vida está entregada a vosotros y que ella se dedica a servir a vosotros, Iglesia del Señor; y obviamente, en este cuidado y responsabilidad que Dios me ha dado, también van ellos incluidos».

El Apóstol de Jesucristo, enseguida, invitó a cantar la alabanza n. 142, “Dios bendiga las almas unidas”, himno que traspasó los muros de la Arena Ciudad de México. Luego de el cántico, abundó: «Dios me ha dado una hermosa familia, y no hablo de lo físico; me refiero a esa fe hermosa que ha puesto en sus corazones. Han sido 25 años que Dios ahora ha coronado con esta hermosa bendición que me ha regalado y, sin embargo, ni mi esposa ni mis hijos han renegado; al contrario, me han dicho: ‘Aquí estamos para apoyarte en todo lo que Dios te ha encomendado’.

«Mi vida está entregada al servicio de la Iglesia y es poco el contacto físico que tengo con ellos; no digo que me duele, porque ellos lo saben, yo tengo un gran y primer amor: la Iglesia del Señor, a quien yo me entrego. Pero ellos también me han dicho: ‘No te preocupes, padre, estamos contigo. Haz todo lo que Dios te ha encomendado y nosotros también estaremos al igual que la Iglesia, apoyándote en todo lo que Dios te ha mandado».

El Apóstol del Jesucristo invitó a la iglesia a acompañarlo en una oración en favor de él, su esposa y sus tres hijos. Que la fe que Dios ha puesto sus corazones, Él también la vaya perfeccionando hasta el día de su venida. Mencionó que, a diferencia del mundo, que ha fijado para todo matrimonio que llega a los 25 años deba celebrar las «bodas de plata», para él esta tradición no tiene sentido: «Para mí existe el corazón agradecido que le dice al Señor: si he llegado a diez, quince, veinte, treinta o cincuenta años es gracias a ti, que nos permites llegar a esta felicidad». Luego de este emotivo acto, el Ungido del Señor invitó a a la Iglesia a entonar el himno n. «Santo, Santo, Santo», que se cantó al unísono con el espíritu y entendimiento (v. 1 Corintios 14:15).

 

La verdadera alegría es pura, santa y permanece para siempre: es Dios mismo en el corazón del hombre

Luego de expresar la sentida alegría de reencontrarse con sus hijos espirituales de las iglesias de la Ciudad de México y el Estado de México, en la capital del país, «una reunión llena de gozo, júbilo y regocijo espiritual que Dios pone en los corazones» —afirmó—, dio inicio con el tema que esta mañana dirigió a la Iglesia del Señor esparcida por el mundo y a las decenas de miles de visitas que se unieron a la transmisión a través de internet.

En primer lugar, recordó que durante los dos años y seis meses que está al frente de la Iglesia, por la voluntad de Dios, ha visitado 27 países en el marco de su Gira Universal, y ha encontrado diversas vicisitudes que se viven en cada nación en particular, circunstancias difíciles que se padecen y de las cuales el mundo busca la forma de encontrar la salida a ellas.

En contraste, destacó que desde la primera Iglesia que él visitó —Talca, Chile, el 15 de enero de 2015—, hasta la presentación de este día en la Ciudad de México, no ha dejado de contemplar corazones alegres y felices que sirven a Dios, y que pareciera ser que las situaciones que pasan a su alrededor no son ningún obstáculo para esa alegría. Por lo anterior, el tema que abordó el Apóstol del Señor fue el de la felicidad, según Dios y de acuerdo como el mundo la «concibe».

«En el mundo actual, cada vez es más común ver a los seres humanos vivir profundas tristezas —producto de penas amargas o aflicciones no superadas—, caminando por las calles con grandes depresiones: melancólicos, con nostalgia, viendo el pasado lleno de desdicha. ¿Cuál es la causa? No es la falta de dinero, porque hay muchas personas que lo tienen; no es por falta de seres queridos, por qué hay quienes los tienen a su lado; no es por falta de objetivos, porque muchos han logrado metas; no es por una salud delicada, ya que muchos de ellos tienen salud; no es por alcanzar algún logro, porque muchos de ellos lo han alcanzado…

«Si les preguntáramos a cada uno de ellos, ciertamente no sabrían decir porqué se sienten así, ¿por qué sienten ese vacío en su corazón? Algunos dirán que es debido a la situación que viven en algunos lugares lo que les quita las ganas de vivir. Tratan de encontrar el rumbo de su existencia forjando para sí un nombre, un patrimonio, fortaleciendo sus empresas… Su vida se convierte en una incansable búsqueda de algo que en el fondo realmente no saben qué es: no saben realmente que buscan. Llegan al fin de cada día y no pueden evitar sentirse vacíos.

«Cuánto nos sorprende escuchar a personas que, a nuestro parecer, lo tiene todo; decir que se sienten dolidos, traicionados, solos… Ni aún por el hecho de haber alcanzado algunos el ‘éxito’; incluso, dicen que se sienten hartos de la vida, decepcionados y aburridos de haber logrado lo que han querido, pero con todo y eso se sienten vacíos. Sienten que no han obtenido lo suficiente en la vida. Algunos, buscan en los profesionales de la salud mental una respuesta y una solución a esa sensación y estado; pero no la han encontrado. ¿Por qué buscar en el mundo la paz que sólo Dios nos puede dar, pero que verdaderamente padecen todos ellos la falta de nuestro Dios?

«Dios es el consuelo, la verdadera alegría, la felicidad de nuestras almas… Y cuando digo verdadera alegría, es porque existe una ‘alegría’ falsa, nociva, que daña, que no es permanente, sino efímera; que deja a su paso por el corazón del hombre un raudal de amargura y de tristeza».

 

La base de la alegría del Pueblo de Dios no está ni depende de la abundancia de las cosas materiales

En este tenor, abundó sobre este importante tema: «La alegría que Dios deposita en el corazón del hombre es inamovible, inalterable y eterna. No la afectan las circunstancias, ni depende de mi estado de salud, ni de mi economía, ni de si estoy rodeado de mi familia o no, ni se desvanece en los días de mi angustia —al contrario, es cuando más se hace presente—».

Citó literalmente un fragmento del himno n. 207, «Es Jesús quien alegra mi alma»: «La pena y el dolor con Él se olvida, es Cristo mi Señor quien da la paz… Y con Él todo es felicidad», y enseguida agregó: «Cuando el dolor quiere apoderarse de mi corazón, la alegría de Dios viene a mi cabeza y a fortalecer mi alma: es un torrente perenne de fortaleza, de confortación y de gozo. La base de la alegría del Pueblo de Dios no está ni depende de la abundancia de las cosas materiales. Las Sagradas Escrituras nos dan testimonio de corazones en los que abundó la bendición de Dios, aún en tiempos de aflicción y grande necesidad».

Como ejemplo, citó el testimonio del profeta Elías y la viuda de Sarepta, cuando Dios le da le indica a su Siervo que una mujer, en una época de grande crisis, le sustentará: «Levántate, vete a Sarepta de Sidón, y mora allí; he aquí yo he dado orden allí a una mujer viuda que te sustente» (1a. Reyes 17: 9). En este caso, dijo, «si la confianza de aquella mujer viuda hubiera estado fincada en la poca harina y en el poco aceite que le quedaba, con seguridad hubiera muerto triste, amargada, renegando de aquella pobreza en la que vivía, junto con su hijo… pero Dios había tocado el corazón de ella para atender al Profeta, primeramente.

«Por lo anterior, esa mujer y su hijo, que estaban destinados a terminar sus días en amargura y desesperanza, Dios les trajo vida y alegría a sus corazones. ¿Dónde comenzó la alegría de esta mujer? Cuándo Dios vino a tocar su corazón. Entonces, la alegría que es de Dios no depende de la abundancia de comida, sino de Él, quien se encarga de tocar los corazones de cada ser».

En otro ejemplo, el Ungido del Señor atajó: «Tampoco la alegría del Pueblo de Dios consiste en el poder ni en la gloria humana». Trajo a colación el caso de Moisés, quien pudiendo haber disfrutado de todos los bienes temporales de Egipto, la casa más poderosa del mundo conocido; de haber tenido una vida holgada, llena de placeres y antojos, aborreció las riquezas, pues su mirada no estaba en llegar a ser un Faraón, sino cumplir la voluntad de Dios. Invitó a leer el siguiente pasaje: «Por la fe Moisés, hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón, escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado, teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios; porque tenía puesta la mirada en el galardón» (Hebreos 11:24-26).

En un tercer testimonio, refirió «que la alegría que viene de Dios no está en tener siempre abundancia, pues esa alegría, que es pura y santa, perdura hasta aún cuando todo sea perdido». Citó el siguiente pasaje: «Entonces Job se levantó, y rasgó su manto, y rasuró su cabeza, y se postró en tierra y adoró, y dijo: Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito. En todo esto no pecó Job, ni atribuyó a Dios despropósito alguno» (Job 1:20-23).

En este sentido, el Apóstol del Señor agregó: «Job, teniendo materialmente todo, su alegría y felicidad no se desvanecieron ni aún cuando Dios permitió que el enemigo llegará a provocarlo. Nunca pecó contra Jehová, antes con alegría dijo: ‘Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito’».

En otro momento, el Siervo de Dios expresó categórico: «Hay algo que Job jamás perdió: el amor que él sentía por Dios sobre todas las cosas (v. Deuteronomio 6:5). Aquello lo hacía un hombre feliz, alegre, que sabía que Dios proveería en favor de él en todo momento y circunstancia». Invitó a la Iglesia a analizar el siguiente pasaje: «Y bendijo Jehová el postrer estado de Job más que el primero; porque tuvo catorce mil ovejas, seis mil camellos, mil yuntas de bueyes y mil asnas, y tuvo siete hijos y tres hijas. Después de esto vivió Job ciento cuarenta años, y vio a sus hijos, y a los hijos de sus hijos, hasta la cuarta generación. Y murió Job viejo y lleno de días» (Job 42: 12-17).

 

Dios prueba a todos sus hijos sin excepción; en contraste, después de la prueba nuestro postrer estado es mucho mejor que el primero

En su hermosa predicación, en la que la inspiración y sabiduría de Dios fluían sin parangón en los labios del Apóstol, afirmó lo siguiente: «Dios nos prueba a todos sin excepción: ningún hijo escapa a esta prueba porque es la prueba que el usa para gloriarse de nosotros con Satanás y decirle a este, con orgullo y satisfacción, que es vencido por la fe que hay en nosotros. Pero cuando el Señor nos prueba, nuestro postrer estado es mucho mejor que el primero; cuando Dios ve que salimos victoriosos de aquella prueba, Él nos bendice aún más, porque como nuestro Padre que es, siempre quiere darnos, bendecirnos y engrandecernos.

«Sin embargo, todos los hijos de Dios, absolutamente todos, pasamos por el proceso de prueba, ‘para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo’ (1 Pedro 1.7). Entonces, cuando tú hayas pasado esta prueba, por la felicidad y alegría que habita en tu corazón, entonces Dios se gloria de ti y puede voltear con orgullo hacia Satanás y decirle: ‘no has considerado a mis hijos…’. Por eso dice la Sagrada Escritura que bendijo Jehová el postrer estado de Job, más que el primero. Entonces, la alegría santa no consiste en amasar fortunas solamente, como el hombre que se dice feliz por tener dinero. ¿Cuántas veces hemos visto a esa gente que se siente hueca en su vida?».

El Apóstol Naasón Joaquín citó el caso del cantante estadounidense Elvis Presley —quien murió en 1977 a causa del consumo de alcaloides—, quien en su época de gloria humana, sus admiradores le conocieron como el «Rey del Rock». En contraparte, a pesar de que fue un hombre que tuvo fama, dinero y placeres mundanos en abundancia —aparentemente, «lo tenía todo»—, a la edad de 42 años lo encontraron muerto por sobredosis de droga. Quienes lo conocieron afirmaban que luego de ofrecer su espectáculo y de ser ovacionado por sus seguidores, al regresar a su casa, se sentía solo, hueco, sin amigos… era entonces que recurriría a vicios que le hacían «olvidarse» de aquel estado en el que él vivía.

A diferencia de lo anterior, mencionó la alegría que Dios depositó en los hermanos de la Iglesia primitiva, que no estaba sustentada en poseer bienes, sino en el desprenderse de ellos, y agregó: «Para nosotros la felicidad no es el dinero, ni la salud, ni mi familiar… la felicidad es más grande que eso: nosotros, aún sin tener riquezas, teniendo enfermedades o aún que nuestros padres nos hayan abandonando, podemos decir que somos felices, porque nuestra felicidad no consiste en la dependencia de objetos de valor o de personas.

 

La felicidad que la iglesia del Señor tiene, vive y siente, es la que Dios pone en nuestro corazón.

«Hoy estamos alegres porque está la Iglesia reunida. Son miles de almas… volveremos a nuestro hogar, donde no seremos miles, donde estaremos solos, ¿y allá nos sentiremos tristes? No. Nos sentaremos en nuestro sillón, nos acostaremos en nuestra cama y allí estaremos recordando en nuestras mentes: ¡SEÑOR, QUÉ FELIZ SOY CONTIGO!

«Nuestros hermanos que vivieron en la época primitiva, su felicidad, al igual que la de nosotros, se manifestaba por medio de sus obras. No era una Iglesia que pedía riquezas, sino qué de lo que Dios les daba era de lo mismo que ellos aportaban para solventar las necesidades que había entre los hermanos». Invitó a leer el siguiente pasaje: «Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas; y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno. Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón» (Hechos 2:44-46).

Enseguida, abundó: «A la Iglesia Primitiva, ¿le importaba su dinero? Veía que algunos de los hermanos tenía necesidades y, de lo que Dios había bendecido, lo vendían para que no hubiera necesidad alguna. Eso sí, todos buscaban estar en comunión con aquella sencillez y llenos de la alegría de Dios. Porque no es el dinero, ni la salud, ni la familia… la verdadera felicidad es nuestro Dios.

«Crees tú entonces que si su alegría hubiera sido el tener bienes, ¿se hubieran desprendido de ellos? No. Si fuera lo contrario, entonces sí hubieran escondido sus riquezas. Pero cuando hay una necesidad, eres el primero en decir: ‘Aquí está, de lo que Dios me ha dado yo aquí lo doy’. Si hay una construcción, una compra, una necesidad ante un desastre natural… y qué hermoso que la Iglesia es la primera que lleva esa ayuda humanitaria, principalmente a nuestros hermanos, y en todas las ocasiones ha sobreabundado, a tal grado que no solamente sale beneficiada la Iglesia del Señor: también las personas ajenas a nuestra Iglesia gozan de estos beneficios.

«Y después que vendían sus propiedades para ayudar a sus hermanos, ¿andarían renegando? Al contrario, sentían alegría de haber sido el medio para qué los hermanos que tenían mayor necesidad tuviera lo indispensable. Y así, todos unánimes, con sencillez y alegría de corazón, porque la alegría de ellos será Dios, seguían adelante su caminar.

«Así es que aquello no les perjudicaba. El vender parte de lo que Dios les había permitido tener, no hacía que en ellos hubiera amargura o molestia. Al contrario, se unían más a los suyos, a su pueblo. Dios les permitía tomar sus alimentos contentos, alegres, con sencillez de corazón, porque su alegría no consistía en la abundancia de sus bienes.

 

La hospitalidad: un ejemplo de alegría y sencillez de corazón entre la familia de la fe

«Y si nos causa alegría recordar el testimonio de los hermanos de la Iglesia Primitiva, más nos alegramos al dar testimonio de lo que la Iglesia del Señor hace en este tiempo. Somos testigos de cuánta armonía, paz y gozo existe en la Iglesia en los días de la Santa Cena., cuando los hermanos te abren sus hogar y tú llegas a la casa del hermano que te abrió su puerta y te dijo: ‘Bienvenido, esta es su casa’. ¿Cómo entras a aquel hogar? ¿Con miedo? Al contrario, entramos con gratitud. Y también los hermanos de Guadalajara, no lo hacen con miedo, ellos abren sus hogares con amor y alegría, conviviendo con los dueños de la casa y viceversa, los anfitriones, con gozo, conviven con sus huéspedes. Con un corazón sencillo y alegres con nuestro Dios.

«¿Por qué lo haces? Porque hay un gozo, una alegría, que Dios pone en tu corazón. Porque te gozas si te estás desprendiendo de lo tuyo. Porque tú, cuando vas a Guadalajara dices: voy a vender mis propiedades, mi reloj, mi anillo… para poderme trasladar. Porque sabes que es mayor el beneficio que vas a recibir. Porque al ir a esa ciudad, vas a volver a unirte a tu familia, al renovar aquel pacto. Es más lo que vas a recibir. Pero perdiste esto anillo, Tu cadena… no importa, porque para nosotros, no es lo material lo que nos da la felicidad: es Dios que mora en nuestro corazón.

 

El significado de nuestra alegría: sabernos hijos de Dios

Entonces, ¿qué significa la alegría nuestra? Esa vernos, en primer lugar, hijos de Dios. En que podemos disfrutar con libertad de todas las bendiciones de Dios, porque todo lo que hacemos es para su gloria. «¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón desfallecen; mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre» (Salmos 73:25-26).

Fuera de él no queremos nada. Aún si el hermano no tiene dinero vive feliz. Si bien es cierto que la Iglesia no es pobre, estoy diciendo que ni la riqueza, ni los bienes, ni la escasez, ni la salud, ni la enfermedad, ni las pruebas, ni los familiares… en nada de ellos consiste nuestra felicidad. Nuestra felicidad está únicamente en nuestro Dios.

 

La alegría según Dios: santa en su origen, sus motivos y sus obras

La alegría que es según Dios

1. Es santa en su origen:
a) Está basada en la virtud.
b) Está basada en Dios mismo.
c) Es perfecta y pura, y habita en la conciencia libre de pecado.

2. Es santa en sus motivos:
a) No podemos ser felices si Dios no vive en nuestro corazón,
b) Cuando amamos a Dios, le poseemos; la alegría que Él produce en nuestro interior es superior a todas las alegrías.

3. Es santa en sus obras;
a) El inefable gozo que causa la tranquilidad de vuestras conciencias, así sea en nuestro pensamiento, nuestra forma de vivir, en el trato íntimo de la familia y en las relaciones sociales, nos llena de alegría, dulzura, benevolencia y caridad.

Citó un pasaje del Apóstol Pablo: «Y el Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza por el poder del Espíritu Santo» (Romanos 15:13).

 

La alegría del mundo: culpable en su origen, sus motivos y sus obras

Enseguida, agregó: «La esperanza llena de gozo; y en el gozo abunda el Espíritu Santo. La Palabra de Dios es semejante a un rocío que humedece la tierra árida. Y como ráfaga de luz que difunde sus rayos en la terrible oscuridad, para convertirse en una alegría perdurable a través de los años. Si nosotros la comparamos con la alegría del mundo, veremos grandes diferencias

1. La alegría del mundo es culpable en su origen. Procede del enemigo de nuestra felicidad: satanás. Y como tal es falsa Y engañosa la alegría del mundo es falso e ilusoria. En vez de proporcionar contento Y gozo, es raíz de amargura Y tristeza. La alegría que busca un pecador está viciado en su origen porque este se antepone en el amor a las criaturas, pero no da su amor a Dios.

2. La alegría del mundo es culpable en sus motivos. Es vana porque su objetivo es la diversión, el placer carnal, la satisfacción de una necesidad continua, Ya que recurrentemente se frustra por ser efímera E ilusorias. Los espectáculos mundanos —y grábatelo esto, joven y señorita— motivan nuestras sensaciones, pero no nos alegran. Nos distraen, pero no nos tranquilizan.

3. La alegría del mundo es culpable de sus obras. Las criaturas en el mundo no satisfacen su corazón Y la alegría que sueñan se convierte en melancolía Y tristeza. Placeres momentáneos que han dejado tras si una conciencia intranquila. Pasiones excitadas por la concupiscencia y humillaciones ante un desengaño. Las riquezas no les proporcionan la felicidad. La pobreza les impone privaciones. Odian al mundo porque los engaña. Odian a Dios porque cree que los amenaza, pero no viene el vicio tirano. Odian a la virtud porque es severa, pero no odiar las pasiones desordenadas que les llevan ay esa situación sin salida una y otra vez. El que se afana en la alegría del mundo, no contento con no amar a Dios, buscar en la tierra algo que pueda sustituirlo. Y da su amor a figuras de madera o de metal, mantas o pinturas con las cuales le dicen a Dios que se retire de sus corazones, porque no lo necesitan. Con la modernidad Y la tecnología, nunca encontrarán un sustituto, Porque Dios es uno Y es único.

«Por eso yo te digo hermano: ahí —en el mundo— no encontraréis la felicidad. La alegría y el verdadero amor son más sencillos de encontrar. Dios es el que llena el corazón de gozo, el que unge nuestra cabeza con aceite, el que hace rebosar nuestra copa qué alegría. No lo digo al aire: ¡Así hay hecho Dios conmigo! ¿Sabes cuál es mi alegría, Iglesia del Señor? Te lo digo como un hombre de Dios, como el que Él puso al frente de esta Iglesia: «Doy gracias a mi Dios siempre que me acuerdo de vosotros siempre en todas mis oraciones rogando con gozo por todos vosotros, por vuestra comunión en el evangelio, desde el primer día hasta ahora» (Filipenses 1: 3-5).

«Cada vez que oro por las mañanas, en las madrugadas o cuando lo hago en otras horas del día, me acuerdo de vosotros y siento una hermosa alegría. Porque vosotros sois mi felicidad y alegría. Vosotros alegráis mi vida. Al entrar a recinto donde su hermano será presentado, he observado que también la alegría de este pueblo es nuestro Dios, el cual se manifiesta también en su hermano. Y cuando entró al lugar veo ese grito de júbilo, alegría y amor que hay en cada uno de vosotros, y entonces me doy cuenta que no sólo es mi alegría que yo siento Sino también es la vuestra.

 

La alegría que es según Dios, la que rebosa en el Apóstol de Jesucristo y la Iglesia, el mundo no la conoce

«El Apóstol Juan lo decía también: ‘Tengo muchas cosas que escribiros, pero no he querido hacerlo por medio de papel y tinta, pues espero ir a vosotros y hablar cara a cara, para que nuestro gozo sea cumplido’ (2 Juan 1:12). Desde mi primer gira, Cuando contemple a mis hijos en la fe en Talca, Chile, hasta el día de hoy, que Dios me concede llegar al término de la 10ª etapa de mi gira universal, con vosotros, iglesias de la Ciudad de México y del Estado de México, no he visto rostros de tristeza. Al contrario, he visto rostros radiantes de alegría por todo lugar donde Dios me ha enviado. He visto vuestras manos levantadas, he escuchado vuestros cantos de júbilo, porque Dios es la alegría y el consuelo del Pueblo.

«Todas mis giras y visitas, todos esos rostros contentos, esas voces firmes, esos puños en alto y esas miradas seguras, se traduce en la alegría más pura y santa que Dios me ha regalado. Esa alegría, cuyo origen es Dios, su Santo Espíritu y la comunión directa con su hijo amado Jesucristo. He visto a niños llorar de alegría. En Chilpancingo como en Argentina; en Oaxaca como en Estados Unidos; cuando toco sus manitas tiernas, siento su emoción, su alegría y reconocimiento, y eso me hace inmensamente feliz y me motiva darle la gloria a Dios y bendecir su santo nombre.

«Cuando levanto mis manos hacia la juventud para infundirle valor y aliento, veo como los jóvenes me responden, no me deja solo. También alzan sus manos Y su voz. La fuerza de su juventud hacer retumbar los lugares donde yo me he presentado, porque son jóvenes felices en sus corazones. A unas hermanas y hermanos mayores, con qué alegría me reciben y me brindan la más hermosa bienvenida. Cómo se conmueve mi corazón cuando veo sus ojos rebosarse de lágrimas y a lo lejos alcanzo a leer sus labios que dicen: ‘Dios lo bendiga. Dios lo guarde’. Cuanta felicidad mi Dios me ha dado, porque son corazones limpios, sinceros, que están recibiendo las bendiciones.

«He visto también hombres recios, duros, curtidos por la dureza de sus vidas. Los he visto doblar sus rodillas delante del señor Jesucristo, llorando de felicidad, disfrutando las caricias del Señor. Cuánta dicha es ver aquellos hombres que en otro tiempo llegaban a su casa para golpear a sus hijos, sus compañeros, por impotencia o frustración, o por los vicios, y ahora, por Jesucristo y su Palabra, se acompañan para darle la gloria al Señor, para reconocer que es por Él la alegría que viven y disfrutan; que fue Dios, por medio de su Palabra, quien mudó su tristeza en gozo y su vacío en plenitud.

 

«Abran sus corazones a Dios y permitan que su alma lo adore: el es Espíritu»: mensaje apostólico a las visitas

«Está es mi alegría y la alegría del Pueblo de Dios. Yo sé que hoy, en esta mañana, nos acompañan muchos visitas que nos honran con su presencia, y es un honor tenerlas entre nosotros. A ellas me dirijo, pero también aquéllos que por Internet nos están viendo y, aunque no sea de nuestra Iglesia, ellos se preguntan: ¿Y por qué este Pueblo sigue adelante habiendo tanta inseguridad, problemáticas, circunstancias difíciles, pareciera ser que nada les pasa? A cada uno de ellos yo les quiero decir que su presencia en este lugar no es mera casualidad, sino es realmente la voluntad de Dios que te ha traído para que lo conozcas, al único Dios Vivo, al que nos ha dado la plenitud en nuestros corazones y por el cual toda esta hermosa iglesia vivimos muy felices con él.

«Tú, que has venido escuchando la Palabra de Dios y quisieras sentir lo que este Pueblo siente, pero no encuentras la forma, permíteme hablar a tu razón, a esa chispa de inteligencia que Dios te dio, que tu corazón los endurezca, sino que con tu entendimiento escuches la Palabra que hoy te dijo: sólo abre tu corazón a Dios y deja que tu alma lo adore: el es Espíritu y donde quiera Él está. Deja que entre tu corazón y cuando te toque habrás sentido la dicha mas grande del mundo, del universo y de todo lo conocido hasta hoy. Tendrás una alegría que nunca terminará. Entonces, estarás unido a Cristo, estarás unido a tu hermano Naasón, quien es el que le representa aquí en la tierra, y estarás también con el cuerpo de Cristo, que es la hermosa Iglesia. Y esa es la verdadera felicidad.

«Dijo el Señor Jesucristo, en su oración al padre, ‘Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado’» (Juan 17: 20-23).

Citó el siguiente pasaje: «Así dijo Jehová: Paraos en los caminos, y mirad, y preguntad por las sendas antiguas, cuál sea el buen camino, y andad por él, y hallaréis descanso para vuestra alma…» (Jeremías 6:16). Enseguida, el Apóstol de Jesucristo agregó: «Es tiempo, entonces, que busques a Dios. Lo que vayas a buscar a un dios pintura o dios dinero… Eso no te va dar la satisfacción y la alegría. Nuestro Dios es Espíritu, y aunque los ojos materiales no lo pueden ver, nuestro corazón lo siente, lo vive día a día, lo experimenta y siente sus hermosas caricias.

«Es cierto, las reuniones son cada día más abundantes en el mundo, de manera inocente buscan ellos la alegría, algo de felicidad, distracciones qué hago Que recuerdos Y nostalgias. Cada día se inventan nuevas distracciones, Pero la tristeza sigue aumentando en este mundo. Que fácil es ser arrastrados por estas cosas, pero que vacíos dejar al final. Este Pueblo Santo, esta Iglesia del Señor Jesucristo, cada día disfruta de más alegría, gozo y satisfacciones. Cada día vive más feliz… ¿Y cómo lo ha logrado? Doblando nuestras rodillas entramos en comunión con Dios: qué hermosa relación tenemos con nuestro Dios. Cantamos en nuestras reuniones su grandeza, Y es una alegría sin límites. Participamos de la Santa cena Y no cabemos de júbilo. Somos perdonados del pecado Y un torrente de felicidad embarga nuestras almas. Nos unimos hoy, yo como su enviado y su servidor, y veo una enorme alegría en vuestros corazones.

«Y es entonces cuando me doy cuenta de qué todo lo que hacemos, Sean cosas grandes o pequeñas, todo nos produce grande alegría en Cristo Jesús, nuestro Señor y Salvador. Está es la hermosa heredad que nos ha tocado. El ser felices como dijo el Señor: ‘La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo’ (Juan 14:27).

«Las personas dirán que no somos gente rica, pero no ocupamos el dinero para ser felices. Verán al hermano con una silla de ruedas, pero eso no significa que no sea feliz. Todo lo contrario, eso no es nuestra felicidad».

Citó el testimonio de Esteban, cuando era apedreado por un grupo de fanáticos hebreos, y por predicar el Evangelio comenzaron a lincharlo. Así comentó: «No creas que él se sintió mal o renegó de Jesucristo, lo que ibas a estar conmigo y que me ibas ayudar. En ese momento de dolor humano, Dios le muestra algo más hermoso. Esa muerte vil no se compara al lugar al que el habría de ir. Esteban levanta la vista al cielo y contempla el lugar al que él iba ir Y exclama: ‘He aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios’» (Hechos 7:56).

 

Culminación de la décima etapa de la Gira Universal: palabras apostólicas de despedida

Se despidió leyendo una parte del Salmo 16, escrito por el rey David: «Las cuerdas me cayeron en lugares deleitosos, y es hermosa la heredad que me ha tocado. Bendeciré a Jehová que me aconseja; Aun en las noches me enseña mi conciencia. A Jehová he puesto siempre delante de mí; porque está a mi diestra, no seré conmovido. Se alegró por tanto mi corazón, y se gozó mi alma; mi carne también reposará confiadamente» (Salmos 16: 6-9).

«Es verdad, seguimos viviendo del mundo, inseguridad, delincuencia, homicidios, pobreza, enfermedad… Con riqueza o sin ella, con salud o enfermedad, viviendo situación difíciles o en tranquilidad, con familiares o fuera de ellos, con toda libertad podemos decir: ‘Yo soy feliz en Él’. Nuevamente, te vuelvo a preguntar: con todo y lo que se vive en cada país, estados o municipios, Iglesia del Dios Vivo Columna y Apoyo de la Verdad, ¿eres feliz?». La Iglesia, al unísono, responde con una estentóreo amén. «Si, porque Dios es nuestra completa felicidad, porque Jesucristo nos inunda con su alegría».

Pidió que la Iglesia cantará la alabanza n. 303, «La gloria de Cristo el Señor, cantaré», que una de sus estrofas expresa: «Con Él nada puedo desear, pues todos mis altos deseos aquí, tan sólo Él los puede llenar…».

Y agregó: «Satanás nos ofrece placeres, diversiones, riquezas, alegrías efímeras, momentáneas… Pero entonces, cuando él nos quiere arrebatar, volteamos con nuestro Padre y lo abrazamos y le decimos: ‘No hay mayor cosa que tengamos que nuestro Dios y nuestro Señor Jesucristo’. Comentó la tercera estrofa del citado himno: «Si a rudos conflictos me mira que voy, me deja hasta el fin a mi solo luchar; mas pronto si ve que cediendo ya estoy, socorro me viene a prestar.

«A todos las personas que nos han estado siguiendo yo les digo: si existe la verdadera felicidad, no la que se olvida después de la emoción momentánea; la felicidad eterna, porque si hoy eres feliz aún no se ha manifestado lo que habremos de ser. Si hoy vives con gozo y júbilo, llegará un momento en que esa alegría será aún mayor, cuando estemos con Dios en los cielos. Por eso nuestra alegría es eterna. Desde que Dios entre en nuestro corazón este pueblo vive feliz. Hacemos la invitación a toda la sociedad de todo el mundo. ¿Cuál solución nos va dar para quitar la problemática que existe en la sociedad contemporánea?… Solamente hay una salida: el camino de nuestro señor Jesucristo. Si van siguiendo sus pisadas se darán cuenta que aunque perdiéramos la vida por él, sabemos que los cielos la vamos a encontrar.

«Al contemplar vuestros rostros Y ver que las circunstancias que vamos viviendo, Por muy difíciles que se presentan, a los otros no nos hacen daño, vamos como si fuéramos en un mar abierto, por los dos lados Y pasando por seco. Vemos por un lado la maldad Y por el otro también. Pero Dios le está permitiendo a su pueblo caminar en seco. ¿Y cómo le hacen? Porque vivimos en Dios y Dios vive en nosotros».

Enseguida invito a los presentes a adorar a Dios, a lo que invitó a que los coros entonaran la alabanza «Un Pueblo feliz». ¿Sois vuestra felicidad? ¡Vosotros sois mi felicidad! Porque en mi mora Cristo. En ti mora Cristo. Porque somos uno con Dios y con Cristo, perfecta cadena espiritual. Cuánta gente nos difamaba, nos trataba de radicales y fanáticos, pero hoy dicen: ¿Quién es esta que se muestra como el alba? Mundo entero, yo te lo digo: ‘es la Iglesia del Dios Vivo Columna y Apoyo de la Verdad’.

La gracia de Jesucristo quede en vuestros corazones. Retumbó, justo dos años y medio después de la manifestación apostólica —que tuvo lugar el memorable 14 de diciembre de 2014—, se escuchó el himno insignia del Ministerio Apostólico: «Soy soldado de Jesús».

Fuente: Coordinación de Crónica Apostólica.